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Alberto Aziz Nassif

Corporativismo vigente

Profesor e investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS).

Ha escrito libros y numero ...

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    14 de marzo de 2006

    SI algo le ha faltado al sindicalismo mexicano es autonomía y, por supuesto, transparencia. Pero del otro lado, el elemento que define la relación del Estado hacia los sindicatos ha sido el control. Ambos problemas están ahora en una encrucijada, la tragedia de Pasta de Conchos reactualizó la discusión sobre qué pasa con el sindicalismo en México en el sexenio de la alternancia.

    Existen varios problemas que es necesario distinguir para entender lo que ha pasado en estas semanas con la política del gobierno hacia los sindicatos. Dos fechas ubican la política laboral del foxismo al final del sexenio: 17 y 19 de febrero. La primera es el día que se hace el trámite de "toma de nota" para desconocer a Napoleón Gómez Urrutia como líder del sindicato minero, una treta como en los viejos tiempos; ese mismo día, también Víctor Flores es reconocido como líder del Congreso del Trabajo (CT), decisión que provocó una ruptura en ese organismo que expresa lo más atrasado del sindicalismo corporativo.

    Según las reglas del CT se puede una reelección, una sola vez y por un año; Flores no respetó la regla, y a pesar de ello las autoridades lo reconocieron. La otra fecha es la explosión de la mina de Pasta de Conchos, en donde se destapan las pésimas condiciones en las que trabajan los mineros, sueldos miserables y alta peligrosidad. ¿Qué tipo de empleos permite el mercado laboral? ¿Qué regulación ejercen las autoridades laborales sobre las empresas? ¿Qué responsabilidad tiene el sindicato?

    Estos acontecimientos ponen nuevamente en la mesa de discusión las condiciones de transparencia, representatividad y democracia dentro de las organizaciones sindicales. Parece que los mecanismos de control del Estado, es decir, las viejas herencias del régimen priísta han sido asumidas de forma automática por el gobierno foxista. Se trata de una mecánica que resulta independiente si se trata de un gobierno del PRI o del PAN.

    Los compromisos que hizo Vicente Fox para democratizar el sindicalismo no los ha cumplido. Este gobierno se ha dedicado a administrar el mundo laboral y ha mantenido relaciones de complicidad con los viejos liderazgos corporativos, que cada vez se encuentran más desprestigiados y decadentes. A pesar de que han dominado las inercias, ahora el gobierno foxista se lanza al activismo y desconoce la dirigencia del sindicato minero. En una mezcla de peras con canicas, las autoridades del trabajo dieron una mala señal y de forma tramposa usaron el instrumento del registro, la famosa "toma de nota", para desconocer a una dirección sindical. Con ello el foxismo enfrenta un movimiento que juntó al agua y al aceite del campo sindical.

    Fox olvidó que no encabeza un gobierno priísta, pero insiste en usar los mismos recursos. El foxismo no puede hacer un "quinazo" o emular lo que pasó con la salida de Jonguitud, y salir victorioso. Cómo creer un discurso de combate a la corrupción si el sexenio se la pasó en la complacencia de los líderes más connotados del corporativismo: Rodríguez Alcaine, Gamboa Pascoe, Elba Esther Gordillo, Víctor Flores, etcétera. Supuestamente este gobierno no puede torcer la legalidad porque es su única carta de legitimidad. Además, no cuenta con los hilos y la capacidad de arreglos que hicieron los gobiernos priístas.

    El foxismo autorizó hace unos años la llegada ilegal de Gómez Urrutia y ahora lo desconoce. El ex líder minero apunta algunas razones para saber qué pasó en estos años en donde se pasó de la complacencia al desconocimiento. Se trata de un liderazgo que se ha tratado de legitimar después de un oscuro arribo al puesto: ha sido proactivo en varias huelgas con resultados exitosos para los trabajadores mineros; se opuso a la permanencia de Víctor Flores en el Congreso del Trabajo; se ha opuesto al proyecto de reforma laboral del gobierno y, además, ha impugnado a la empresa responsable de Pasta de Conchos, cuya tragedia llamó "homicidio industrial". Sin embargo, a pesar de todo, no puede dejarse de lado una investigación de la autoridad sobre los indicios de corrupción y malversación de fondos sindicales que puedan existir. También el ex líder minero, que nadie sabe dónde está, tiene la obligación de responder a todos los indicios de corrupción que hay en su contra.

    Las autoridades laborales, con Salazar a la cabeza, pero con los hilos movidos por Abascal, manipularon el expediente, desconocieron a una dirección sindical y también a sus suplentes, con lo cual el árbitro perdió la autoridad y dejó de lado la aplicación de la legalidad en función de intereses ajenos a la ley. Si existe duda sobre la representatividad en la dirección de los mineros lo más indicado es consultar a los trabajadores y que se haga un recuento democrático, con voto secreto.

    La política laboral del foxismo, si es que existe algo así, fue la de llevarse bien con el corporativismo, una suerte de pragmatismo empresarial. El balance es que el sindicalismo sigue en la opacidad y el control del gobierno se mantiene.

    Si el presidente Fox quiere hacer una política laboral democrática y honrar los compromisos que hizo en su campaña, la vía directa es una agenda mínima de reformas: los sindicatos tienen que rendir cuentas, para lo cual hay que instrumentar mecanismos adecuados; tiene que haber trasparencia, una accountability laboral. Los sindicatos tienen que pagar impuestos y dar cuenta de sus recursos.

    Otra reforma indispensable es un registro público autónomo de sindicatos y contratos colectivos, para que los gobiernos dejen de aplicar la ley de forma selectiva, como sucedió el pasado 17 de febrero, en donde hubo gracia para los aliados y desconocimiento para los adversarios, pero en ambos casos se violentó la legalidad.

    Para que se impulsen las reformas democráticas en el mundo laboral el gobierno foxista tendría que renunciar a la complicidad que ha mantenido durante estos años con el corporativismo. Lo cual es bastante improbable en este momento. Sin duda, la reforma laboral es parte de la reforma del Estado, pero ya no la veremos en este sexenio, habrá que esperar mejores tiempos. Por lo pronto, este engrudo sindical que creó el foxismo tendrá sus costos electorales para el PAN.

    Cuando la transparencia y la democracia lleguen al mundo laboral se podrán construir actores legítimos e interlocutores para procesar los pactos que necesita la economía del país y se podrán impulsar mecanismos que apoyen la competitividad. Un mundo laboral de opacidad, simulación y control sólo beneficia a los líderes corporativos que seguirán representándose a ellos mismos, a empresarios que no respetan la legalidad y a gobiernos que aplican la ley de forma discrecional.

    Investigador del CIESAS



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