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Porfirio Muñoz Ledo

El vómito presidencial

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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    24 de febrero de 2006

    La gran batalla que libramos por la democracia mexicana tenía como eje central una conquista diferida a lo largo de toda nuestra historia: el sufragio efectivo. Como lo demostró Justo Sierra en La Evolución Política del Pueblo Mexicano , heredamos de la Colonia un concepto patrimonialista de poder. El origen de todos los caudillismos ha sido la confusión entre el poder personal y el poder público. Por ello ningún gobernante había cedido de modo pacífico la titularidad del Ejecutivo al bando contrario hasta el año 2000.

    Mientras el gobierno tuvo en sus manos el control de las elecciones, pudo elegir a su sucesor o afrontar en su caso la rebelión. Lo más que se había logrado, a partir del presidente Cárdenas, era la no injerencia directa del presidente saliente en el sexenio posterior. De ahí también que nuestro esfuerzo contemporáneo se haya concentrado en alcanzar la independencia del órgano electoral y la no injerencia del gobierno en el proceso sucesorio.

    Desde 1989, comenzamos a introducir reformas que culminaron en 1996, a fin de tejer una red de limitaciones a los poderes públicos, que les impidieran influir en los comicios. Disposiciones que el Consejo General del IFE acaba de recordar en su sesión del 19 de febrero, dirigidas a diversas autoridades, pero con especial dedicatoria al Presidente de la República.

    No obstante, cada vez es más evidente que el Ejecutivo federal padezca de un ánimo compulsivo en contra de sus opositores, y no acepte siquiera la hipótesis de entregar el poder a quienes sostienen posiciones distintas de las suyas. Bien decía Raúl Alfonsín, que para construir la democracia, se necesitan demócratas, y no parecen serlo los principales huéspedes de Los Pinos.

    Se trata de una suerte de desafuero mental que excluye la virtud mayor de la tolerancia, e impide contemplar una nueva alternancia en el poder como la consecuencia normal de un sistema democrático. Que rechaza, por añadidura, el derecho esencial de los ciudadanos a emitir mediante su voto el veredicto que les merezca la obra de este gobierno.

    Voceros calificados de la casa presidencial han explicado recientemente las razones que tuvieron para no asumir en los hechos el compromiso de impulsar la reforma del Estado. Aseguran que su motivación para llegar al poder no fue la instauración de la democracia mexicana, sino el prurito de abolir estilos y conductas que combatieron desde el sector privado o desde células sectarias. Que su propósito sigue siendo la implantación de sus propios intereses por el mayor periodo de tiempo, como si se tratara de un cambio de dinastía y no de un juego democrático fundado en la soberanía popular.

    Así se explica el último de los dislates en que ha incurrido el presidente Fox: "Mi gobierno vomita la demagogia, el populismo, el engaño y la mentira". Reacción visceral que no para mientes en denunciar la paja en el ojo ajeno sin observar la viga en el propio. Que lo absuelve de definir esos conceptos y aplicarlos con precisión. Que elude cualquier juicio histórico, pero que no oculta la identidad de su destinatario.

    Lo que supimos casi simultáneamente es que este gobierno y su partido no tienen rechazo alguno por los excesos que cometió y sigue cometiendo José María Aznar. Al punto que lo han hecho su padrino político y exaltado como un ejemplo digno de ser emulado por la juventud. Desde luego que olvidan sus sobresalientes facetas demagógicas, agresivas y mentirosas. Todo eso queda exculpado por tratarse de la encarnación del neofranquismo.

    Vomitar no es sólo "arrojar violentamente por la boca lo contenido en el estómago". Es también "proferir injurias, dicterios o maldiciones", lo que parece ser el caso. O bien, en el lenguaje coloquial, "restituir lo que retiene indebidamente en su poder", lo que precisamente nuestro personaje trata de evitar.

    Cabe traer a cuento que el vómito suele ser resultante de otro fenómeno: la náusea. Ésta se define como la "sensación que indica deseo inminente de vomitar" o de un modo figurado "repugnancia o aversión que causa una cosa". Podríase añadir: una persona, una idea o un proyecto. Ello significaría que en este páramo democrático, la última ratio de un gobierno que suponíamos republicano es la repugnancia.

    Cabe también recordar que La Náusea es el título de un obra maestra de Jean Paul Sartre, cuya versión filosófica original era Melancolía. Primera novela del autor que expresa una condición existencial dominada por un sentimiento de profundo asco que lo perturba en alma y en cuerpo. Pero mientras al señor Roquentin lo inundaba la repulsión hacia la banalidad y las relaciones humanas carentes de sentido, lo que en este caso parece inspirar el rechazo es la vaciedad del proyecto con que se ha ejercido el poder.

    Con independencia de las causas políticas y culturales que explican esta aversión, es indispensable hacer valer la legislación que nos rige. Ya es hora de que el Instituto Federal Electoral transite de los gestos convencionales a las acciones concretas para las que está autorizado. Ya es tiempo también de que se restaure en el más alto mando del país la dignidad de la República. Ésa es la principal tarea de la ciudadanía mexicana que tenemos por delante.



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