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José Antonio Crespo

Estéril popularidad

Licenciatura en relaciones internacionales por El Colegio de México, Maestría en Sociología política y Doctorado en historia por la Univers ...

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    26 de diciembre de 2005

    LAS últimas encuestas que miden la popularidad del presidente Fox lo ubicaron muy arriba, casi como cuando empezó su gobierno. De acuerdo con Consulta Mitofsky (diciembre de 2005), ese nivel sobrepasó 60%, siendo que en agosto de 2004 había caído a 51%. Los encuestadores sugieren que el reposicionamiento de Fox se debió a su buen desempeño durante los huracanes sufridos en el sureste del país, y quizá a la reyerta verbal y diplomática que sostuvo con el (aquí) impopular presidente de Venezuela.

    Pero la pregunta clave es si sirve de algo esa popularidad, más allá de poner de buen humor al Presidente cuando ve las cifras. En principio, cuando un jefe de gobierno cuen-ta con una elevada y sólida popularidad, amplía su margen de maniobra política y puede impulsar con más eficacia a sus proyectos, a su partido, y a sus hombres de confianza. Pe-ro nada de eso ha sucedido con Fox a lo largo de su gobierno.

    Por un lado, Fox jamás logró presionar al Congreso, dominado por la oposición, para aprobar su agenda. En los regímenes presidencialistas, cuando un presidente popular convoca a los ciudadanos para presionar a los legisladores en cierto sentido, éstos sue-len ser sensibles a ello y "cooperan" con el primer mandatario. Aquí no.

    En 2001 no pasó el primer intento de reforma fiscal, pese a que Fox registró una popularidad promedio de 65%. Tampoco lo logró a fines de 2003, cuando su aceptación rondaba un 56%. ¿Qué explicación puede haber? Probablemente que, como no hay reelección legislativa en nuestro país, a los legisladores les tiene sin cuidado lo que piensen sus electores, o si éstos respaldan alguna política pública promovida por el Presidente. Los legisladores hacen lo que les viene en gana: se suben salarios desproporcionados, se protegen entre sí e intercambian la impunidad de sus partidos sin por ello pagar ningún costo, en parte porque su carrera política depende de sus dirigencias partidarias, no de los electores (que casi no pintamos).

    Pero se supone que la popularidad pre-sidencial también debiera traducirse en la mejoría electoral de su partido en tiempo de elecciones. Sobre todo donde hay comicios intermedios, como es el caso de México.

    Fox gozaba en mayo de 2003 de una popularidad de 64%, lo que hubiera llevado a pensar que el PAN mejoraría su posición en la Cámara Baja, donde tenía un 42% de la diputación nacional, un poco menos que el PRI. Los panistas se fueron con la finta de que la popularidad presidencial se traduce en más votos a su partido, y hacían cuentas alegres creyendo que incluso podrían conquistar la mayoría absoluta en esa cámara legislativa. Al contrario, el PAN descendió su votación y perdió cerca de 50 escaños (en contraste, la popularidad de Andrés Manuel López Obrador en la capital sí le dio al PRD la mayoría absoluta en la Asamblea de Representantes).

    Finalmente, uno pensaría que un presidente popular puede impulsar exitosamente a sus candidatos a cargos políticos. Pero no.

    Carlos Medina Plascencia compitió con-tra Luis Felipe Bravo y, pese a ser el favorito de Fox, perdió. Años después, el candidato de Los Pinos, Manuel Espino, sí ganó, pero más debido a su propia labor de operación políti-ca (aprovechando su anterior cargo como secretario general) que al respaldo presidencial. Para cerrar con broche de latón, el candidato de Fox a la candidatura presidencial, Santiago Creel, y su favorito a la candidatura por Guanajuato, Javier Usabiaga (el mejor secretario de Agricultura que ha tenido México), perdieron lastimosamente en su respec-tiva primaria. En otras palabras, la elevada popularidad de Fox ha resultado ser políticamente estéril, contrariamente a lo que suele ocurrir. ¿A qué se debe?

    Las encuestas ofrecen una clave para despejar esa incógnita, al desglosarse el origen de esa popularidad. Los motivos de la buena imagen de Fox tienen más que ver con la simpatía que despierta en los ciudadanos que en su buen desempeño como gobernante. A Fox se le ve -todavía- como un hombre bien intencionado, comprometido con el país, que dio un impulso decisivo a la democracia al derrotar al PRI. Pero de ahí a que se piense que ha sido un buen gobernante hay una mar de distancia. Y los indicadores de buen desempeño, que al principio fueron altos (más como una esperanza que como confirmación), han ido descendiendo dramáticamente.

    Así, de acuerdo con Mitofsky, la buena evaluación de la "cercanía con la gente" de Fox bajó de 71% a 42% durante estos cinco años; la "preocupación por los pobres" pasó de 64% a 34%; en su "experiencia para gobernar" descendió de 60% a 26% (mientras más experiencia adquiría, menos bien se le evaluaba); la "capacidad para resolver problemas" pasó de 66% a 28%; y el "liderazgo para dirigir al país" se desplomó de 69% a 25%. La credibilidad presidencial era 69% en 2000, y sólo 41% en 2005. Y 60% pensaba, al iniciar 2001, que Fox llevaba las riendas del país frente a sólo un 38% que lo sigue creyendo hoy. Al evaluar su "honradez", pasó de 61% a 35% (vaya daño el que le hizo Marta Sahagún y su sospechosa familia).

    En suma, aunque el nivel de la popularidad de Fox al finalizar 2005 es casi igual a cuando inició su gobierno, la evaluación sobre su desempeño ha descendido drásticamente. Por lo cual, es poco probable que aunque Fox despliegue un intenso proselitismo por su partido y el candidato blanquiazul, no les ayude gran cosa. La oposición no debiera preocuparse al respecto. Por el contrario, eso les podría ser de gran utilidad electoral.

    Profesor investigador del CIDE



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