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Tres víctimas tres

Guillermo Salas Alonso| El Universal
Martes 06 de julio de 2004
Infortunados novilleros: Félix Guzmán, Eduardo Liceaga y `Joselillo` aún no comenzaban

La tragedia convive permanente en la fiesta de los toros.

Sin embargo, el destino resulta terriblemente cruel en casos específicos: tres de ellos marcaron una desgracia fatal, en los nombres de Félix Guzmán, Eduardo Liceaga y José Rodríguez Joselillo .

Tres veces resonaron los clarines de muerte. Tres víctimas. Tres.

El toreo, este pasional espectáculo, se distingue por la apenas perceptible línea entre el triunfo y la tragedia. Se afirma que allá arriba de escribe la historia y los designios de cada quien. Debe ser.

Por tanto, los hay quienes nacen con estrella y otros, en cambio, suelen ser no tan afortunados; no cruzan el río.

Es el juego de la vida; principio y final. En el intermedio hay quien alcanza la gloria, otros la tocan con los dedos; se pasean por los linderos del riesgo, con la muerte siempre de cerca, pero finalmente resultan desafortunados y no alcanzan propósitos, objetivos, anhelos y metas.

En el toreo hay arte, elegancia, temple, valor, emociones, pero también pasión, espectáculo, triunfo y tragedia.

Ellos, los toreros, llaman a la suya la profesión más difícil en el mundo. Y sus propias consecuencias lo muestran con nitidez.

Acaso de entre 100 chavales que quisieran ser toreros, escasos, se podrán contar con los dedos, muy pocos en verdad llegaran a ser matadores de toros, no de un gran rango y, puede usted apostar, ninguno llegará a ser figura del toreo. Por ello la tragedia de estas tres víctimas. Tres.



La desdicha del niño-torero

Quedará inscrita en los libros de tauromaquia que reseñen las actuaciones de estos siglos: una de las más exitosas temporadas novilleriles en México fue la de 1942, organizada por Carcho Peralta.

Se presentó un grupo de toreros, entre ellos Luis Procuna, Antonio Velázquez, Luis Briones, Rafael Osorno y un chavalillo que causó conmoción: Félix Guzmán, de ascendencia alemana.

Rubio, ojos vivarachos, cara de niño travieso y un carisma sin límites. Nació el 29 de julio de 1923 en la ciudad de México.

Fue tal su comunión con el público, el día de su debut, que los entusiastas aficionados terminaron paseándolo a hombros por todo el tendido del toreo de La Condesa.

Mostró un valor sereno, del que vale, nada de relumbrón. Se quedaba quieto, se pasaba a los toros muy cerca y la proyección que provocaba igualmente, de inmediato, hacia explosión.

Su destino no era generoso.

Al año siguiente, en 1943, murió su única hermana y ese lamentable suceso provocó que su madre perdiera la razón; como para partir el alma a cualquiera.

El 30 de mayo torearon en "El Toreo", Pepe Luis Vázquez, Félix Guzmán y Arturo Fregoso, al que anunciaban como el último discípulo de Alberto Balderas.

El quinto burel del hierro de Heriberto Rodríguez, "Reventón", le cogió inferiéndole una lesión que parecía normal, una cornada como tantas otras de las que se han producido en las plazas de toros.

Pero Pepe Luis Vázquez, primer espada, vio a Félix y le dijo: "Estás herido, ¿mato yo al toro?".

No, lo mato yo, contestó a quien decían el niño-hombre.

Vázquez observó al novillo doblar cerca de toriles y a Félix, caminando de frente. En los medios giró a la izquierda, hacia la enfermería y, antes de entrar, se despidió del público.

Considera Pepe Luis que él sintió que ese adiós "llevaba algo", como si fuese una despedida para siempre...

Lo fue. El niñohombre, días después falleció. Septicemia gaseosa. Los médicos nada pudieron hacer. Corrió la noticia y causó conmoción en el medio. Se fue Félix Guzmán, otro prospecto que empezaba el camino. Desdicha por el niño-torero que murió como hombre.

El destino no tiene compasión.



Un completo lidiador

Eduardo Liceaga es una leyenda. Miembro de una dinastía torera que encabezó el maestro David Liceaga, aún vigente, nació en el Distrito Federal el 20 de noviembre de 1922. Muchacho estudioso y sano, sólo sufrió un contagio: el virus del toro lo invadió y aprendió la lección muy bien con su maestro y hermano David.

Lalo debutó como novillero en la temporada 1944. Su ascenso tuvo una firmeza tan sólida que tarde a tarde se consolidaba más y más. Y más y más.

No quiso adelantarse. Prefirió actuar otro año como novillero, para madurar y andar sin tropiezo la incongruente profesión. La impredecible.

Lalo Liceaga arrolló. Su depurada técnica, su intuición innata, su capacidad y facilidad para entender a los "enemigos" fue tal, que los pronósticos de profesionales y taurinos auguraban a una figura del toreo en México.

Ese 1944 se firmó el Convenio Taurino Hispano Mexicano, después del boicot.

Esto dio oportunidad para que Liceaga se fuese a España y continuara su ascenso, que fue meteórico. Debió inclusive pasar el invierno allá. No dejó de torear en el campo mientras corría 1945, año en el que debutó en Madrid, el 26 de agosto, con éxito y convenciendo.

En México triunfaba Manuel Rodríguez Manolete , se inauguró la Plaza México en 1946 fue un año clave para las aspiraciones del joven Liceaga. Triunfó en todos lados, sobre todo en la Real Maestranza de Sevilla, a grado tal que se le firmó para tomar la alternativa durante la postinera feria de San Miguel, en septiembre, en el pomadoso y barroco coso de la bella ciudad andaluza.

No alcanzó el tiempo. El 18 de agosto en la plaza de San Roque, muy cerca de Algeciras, un novillo del hierro de Concha y Sierra, de nombre "Jaranero", le dio la puñalada que lo mató. Incrédulos aficionados pretendieron negarlo.

Cuando se dio la infausta noticia al maestro David Liceaga, y al mismo tiempo preguntó: "¿Qué traje usó Lalo?

El grana y oro se hizo un silencio al otro lado del hilo telefónico.

¿Cómo? Le indiqué agregó el maestro David, que ese tono grana, ese, no lo usara.

Eduardo Liceaga mostraba cualidades excepcionales cuando la vida se le desquebrajó inoportunamente. Una vez más la fatalidad se impuso a la destreza de un completo lidiador.



Otro héroe caído

Laurentino José López Rodríguez, mejor conocido en el medio taurino como José Rodríguez Joselillo , es otro héroe caído.

Español, nació el 12 de julio de 1925 en Nocedo de Curueño, en la provincia de León.

Antes, su hermano José Luis López Rodríguez había llegado a México para abrirse paso. Laurentino arribó a México a los siete años, habiendo embarcado hacía América el 24 de junio de 1932.

Su hermano tenía una tienda de abarrotes. Lo enseñó a trabajar, lo puso a estudiar, pero el chaval, de fáciles reflejos para hablar y actuar, hacía lo que le daba la gana hasta que uno de esos días de andar de un lado para otro le picó la ponzoña taurina.

Así que con sus amigos empezó a torear de salón. Espigado, estatura idónea, con un tipo de torero que impactaba al instante...

Sin maestros taurinos su técnica era deficiente sin considerarse un obstáculo gracias a la simpatía que lo hacia brillar, el valor de hacerse sentir y el quedarse quieto con los pies enraizados en la arena, cualidades que producían el pasmo en los tendidos.

Unos cuantos novillos de media casta, algunas novilladas en Puente de Vigas, plaza que administraba Guillermo Martínez El Pilón . Los profesionales de buen ojo y los aficionados con sensibilidad le veían ese "algo" que portan los privilegiados.

Hizo su debut en la Plaza México, el 25 de agosto de 1946, alternando con Manuel Jiménez Chicuelín , Pepe Luis Vázquez y el español Fidel Rosales Rosalito , con novillos de Chinampas, ganadería con procedencia de "La Punta", de los señores José y Francisco Madrazo.

Al novillo del debut, "Campero" le armó la grande: le cortó el rabo y todo mundo hablaba del desparpajo del chamaco para aguantar a los astados y pasárselos haciendo contacto los pitones con los bordados del vestido de luces.

El impacto fue brutal.

Y máxime que al volver al gran escenario el 4 de septiembre, repitió color y le cortó otro rabo a un Matancillas para, dos días después, el 6 de septiembre, en el festejo en beneficio de los deudos de Eduardo Liceaga, hacer lo propio con un novillo de Garibay, sangre de Piedras Negras.

Joselillo conmocionó también. Ya se hablaba de un fenómeno y hasta se hicieron comparaciones con Manuel Rodríguez Manolete .

A ese nivel, caballeros.

Estaba tierno; darle la alternativa era adelantarlo. Se mencionó que fue error de administración de su apoderado, José Jiménez Latapí Don Dificultades , cronista taurino de gran renombre, quien decidió echarle toros en lugar de novillos, que no es lo mismo.

Aquí se debe crecer junto con los bureles. Las tardes desafortunadas hicieron su aparición. Un grupo de reventadores lo hostigaba y le gritaba herejías. Su personalidad, debe remarcarse, se imponía contra viento y marea.

Llegó la tarde del 28 de septiembre de 1947, la trágica fecha y el quinto novillo, "Ovaciones" de Santín, le hizo polvo la femoral. Aquello se calificó no de una cornada, sino de un asesinato. Culpable: sólo el destino, que, como se dice en los tendidos: "los astados tiran e infieren las cornadas, Dios es el que las reparte".

¿Cierto o no?

La herida, gravísima. Los doctores José Rojo de la Vega, Javier Ibarra y Herrera Garduño, hicieron un gran trabajo, inclusive un grupo de taurinos les ofreció una comida de agradecimiento. Joselillo fue dado de alta y precisamente el día que abandonaría el nosocomio, 14 de octubre, de pronto empezó a sentirse mal.

El diagnóstico: embolia.

Y entonces lo que alegría era dos horas antes, en llanto se convirtió; en consternación después.

Otro mártir dejaba de existir.

En esta ocasión, la deficiencia técnica chocó con los reales atributos de un torero, y los hizo trizas.

Tres veces resonaron los clarines de muerte. Tres víctimas, tres.



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