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Amigos despiden a Alí con lectura de poemas

Juan Hernández| El Universal
Lunes 25 de octubre de 2010
Amigos despiden a Al con lectura de poemas

PAISANOS. Antes de que partiera el cortejo, un grupo de siete personas ataviadas con la vestimenta típica de Nayarit montaron la última de las guardias de honor. (Foto: MIGUEL ESPINOSA EL UNIVERSAL )

El homenaje en Bellas Artes reunió a funcionarios y seguidores del vate

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Este domingo, en el Palacio de Bellas Artes, amigos del escritor Alí Chumacero se turnaron para subir al pódium a entonar el legado poético del hombre nacido en Acaponeta, Nayarit, en 1918, y fallecido este viernes en la ciudad de México.

Juan Gelman, cabizbajo, despidió a su amigo Alí con un poema. Uno que la noche anterior, movido por el sentimiento de la pérdida de su compañero poeta, empezó a escribir.

“¿Por qué te fuiste?/ hay mucho mundo, mujeres, desastres, todavía/ padre delante de la causa sin fondo de la vida/ Callás en los oleajes restantes/ que hablan bajito/ en jardines ajenos, con un ojo común/ cada segundo, la vista un descampado célebre/ aunque tu único oficio fue amar/ no devolvieron el libro que se escribió mañana/ cuando calmabas al universo y a las impurezas de la luz”.

 

Jorge Volpi, Carmen Boullosa, Sealtiel Alatriste, Consuelo Sáizar, Joaquín Díez-Canedo, Eduardo Langagne, José de la Colina, Sandra Lorenzano y Luis Chumacero prestaron su voz a la poesía del nayarita. Los amigos dijeron “A una flor inmensa”, “Ola”, “Vencidos”, “Espejo de zozobra”, “Anunciación”, “Anestesia final”, “Realidad y sueño”, “Jardín de ceniza”, “Debate del cuerpo”, “Desvelado amor” y “Mi amante”, entre otras joyas poéticos del fallecido escritor.

Era una mañana cálida. Frente a Palacio de Bellas Artes los turistas y paseantes de domingo se detenían curiosos a observar la ceremonia. “Alguien se murió. Alguien de literatura”, comentaba un transeúnte sin saber bien que adentro del recinto cultural de mayor importancia en México se hacía un reconocimiento a uno de los poetas más importantes del mundo.

El homenaje de cuerpo presente, que las instituciones culturales mexicanas ofrecieron al poeta, inició alrededor de las 11 de la mañana con la primera guardia de honor, de la que tomaron parte Alonso Lujambio, titular de la Secretaría de Educación Pública; Consuelo Sáizar, presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta); Joaquín Díez-Canedo, director del Fondo de Cultura Económica (FCE); y Teresa Vicencio, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

Alcatraces, coronas de crisantemos, y una alfombra roja para el poeta, cuyos restos aún no se sabe en dónde descansarán. Lo ideal, decía Alfonso, hijo de Chumacero, sería repartir sus cenizas, la mitad en la ciudad de México, en donde el escritor residió desde 1937, y la otra parte en Acaponeta, Nayarit.

 

 

“Que me lleven a mi pueblo”, decía

Los hijos y nietos aún lo están considerando, pero Alfonso cree que eso sería lo ideal, además de reconocer que su padre siempre quiso descansar en su pueblo natal: “A mí que me lleven a mi pueblo”, decía.

A Alí, la muerte se lo llevó de repente. No padecía ninguna enfermedad. No fue una muerte anunciada, comentó su hijo Alfonso. “Todo esto ha pasado muy rápido, este homenaje, no lo estábamos esperando”, señaló.

Con el rostro sudoroso, el hijo del poeta comentó que aún hay pendientes. No sabe cuál será el destino de la biblioteca de su padre, aunque cree que lo mejor sería que permaneciera con la familia. También dijo que deben revisar todos los documentos y los escritos inéditos que Alí dejó en dos cajas, que todavía no han abierto, aunque sabe que hay algunos textos que el poeta escribió sobre tauromaquia, otra de sus grandes pasiones.

Alfonso, María, Jorge, Guillermo y Luis, hijos de Alí, estaban serenos.

Celebraron la vida de su padre, un hombre que dejó un legado fundamental a la cultura mexicana y del mundo, a través de sus escritos y de su poesía a toda prueba. “Tenía ya 92 años”, dice Alfonso, resignado.

Un grupo de jóvenes llegaron desde Nayarit, vestidos con trajes huicholes para despedir al poeta. Son los paisanos de Alí, de los que el escritor nunca se desligó, enamorado de su tierra y de su cultura ancestral. Hicieron guardia de honor y dieron al marco solemne y sobrio del homenaje un toque de color y de regocijo, mucho más cercanos al espíritu bromista y anti solemne del gran Alí Chumacero.

Alí, el poeta, decía que iba a ser eterno. Que iba a vivir 200 años. Su cuerpo no logró tal proeza, pero ganó la eternidad con la grandeza de su poesía. Ayer, su cuerpo dijo adiós al reino de este mundo, pero su obra poética le sobrevivirá para siempre.

 

 



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