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Sueño de una mañana de diciembre en Chapultepec

Por Sandra Lorenzano| El Universal
Sábado 02 de enero de 2010

Como seguramente se habrán dado cuenta por el título, soy de las que pasan las vacaciones aquí mero: en la otrora región más transparente. En esta ciudad de México de la que estamos tan orgullosos en estos días, por combativa, por progresista, porque no se amilana ante las amenazas de infiernos y excomuniones. Este “Distrito Federal, ay, ay, ay, ay” al que le cantara el gran Chava Flores, donde hemos echado hijos y raíces. Ser chilango de corazón es un ejercicio de amor (también de paciencia, lo sé), a pesar de la violencia, del miedo, de las desigualdades, y de tantas otras atrocidades cotidianas (incluyo en estas épocas: el árbol navideño de Reforma y los coches disfrazados de renos). Todos soñamos con vivir en algún lugar de aire puro y vida tranquila. Tal vez frente al mar. Un sitio donde poder caminar en paz por las noches sin pensar que el que viene de frente puede ser nuestro asesino. O donde los niños no crean que las estrellas son un invento del canal 2. O donde tantos jóvenes no tengan que vestirse de payasos frente a cualquier semáforo para ganarse unas monedas. Un lugar donde escuchar el canto de los pájaros, y no el de las sirenas. Todos soñamos con algo así y, sin embargo, aquí estamos: defendiendo nuestra “chilanguez” a capa y espada, porque aquí nos tocó vivir y estamos orgullosos de ello. Porque aquí, en esta ciudad “enorme, gris, monstruosa”, nacieron Efraín Huerta, Octavio Paz y José Emilio Pacheco. Porque el día que se ven los volcanes nos olvidamos de todo lo demás. Porque un 19 de septiembre salimos a las calles - de eso van a cumplirse 25 años - a darnos una mano, y éramos un chingo y seremos más… Y porque – permítanme una confesión personal - hace más de treinta y tres años (“La edad del Cristo azul se me acongoja”, escribió López Velarde) esta ciudad me abrió las puertas, me apapachó y me regaló una nueva vida. ¿Necesito algo más para amarla?

Toda esta introducción es para decirles que detesto el mes de diciembre, pero adoro recorrer las calles en esta época. Y ahora me ha dado por hacerlo en bicicleta (aun a riesgo de mi propia vida). Esta semana fue Chapultepec. No me voy a detener demasiado hablándoles de las colas entusiastas y pacientes para entrar al zoológico, ni de los cientos de chilangos y fuereños que pedalean en el lago mayor mientras intentan entibiarse con los tímidos rayos de nuestro sol invernal. Ni de las pompas de jabón que provocan pequeños arcoiris. Ni de las deliciosas (y cargadas de colesterol) papas de carrito.

Ni de los arrumacos de las parejitas custodiadas por el Castillo, vuelto democrático centinela de nuestro entusiasmo vacacional.

¿Saben qué fue lo más genial del paseo? Encontrar en la Galería Abierta de las Rejas de Chapultepec la exposición Adorable y enemiga. La ciudad de México en los trazos de Abel Quezada, que reúne casi un centenar de trabajos en los que el gran dibujante nacido en Monterrey le rinde homenaje a nuestro de efe. Desde una mirada irónica, antisolemne, muchas veces despiadada y siempre entrañable, las obras de Quezada nos invitan a recorrer gran parte de nuestra historia del siglo XX. Crítico feroz del poder y sus embelesos, el humorista fue testigo de la ciudad del PRI, y muchos de sus cartones dan cuenta de ello: avances, promesas, besamanos y desfiguros de personajes como Uruchurtu, hablan de una urbe que llegaba a la modernidad con todos los claroscuros de una revolución institucionalizada (!?). Creador de personajes inolvidables de nuestra picaresca como el Charro Matías y Gastón Billetes, Abel Quezada, quien definiera a la pintura como “lo más cercano que existe a la felicidad”, fue, a lo largo de medio siglo, mucho más que un caricaturista: fue el implacable cronista de una ciudad “adorable y enemiga” que, como el Ave Fénix, renace de sus propias cenizas…¡cada mañana! Y cada mañana nos convierte a la vez en sus cómplices, detractores y amantes más fieles.

 

 

 



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