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Elogio de la inutilidad (1)

Sandra Lorenzano| El Universal
Sábado 05 de diciembre de 2009

“La poesía está reñida con todas las violencias”, dijo Rafael Cadenas al recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2009.

El escritor de origen venezolano, a quien llaman “el poeta del silencio”, defendió la profunda relación entre palabra poética y compromiso ético: la palabra poética como espacio de búsqueda, como espacio de diálogo, y – last but not least – como espacio de defensa de la libertad.

¿Quién deja de oponerse?

¿Quién se sale del juego?

¿Quién se vive en el vacío?

¿Quién hace del desabrigo refugio?

¿Quién se disuelve en el percibir?

¿Quién se expone sin ánimo al descampado?

¿Quién abandona el trajín por la hora solitaria?

¿Quién puede comer con tenedores de absoluta piedad?

¿Quién accede a trocar su día por un rostro que no ha de ver?

Estos versos escritos por Cadenas me llevan a la pregunta con la que Luis García Montero, otro de los poetas que circulan en estos días por los pasillos de la Feria, tituló un hermoso libro escrito con Antonio Muñoz Molina: ¿Por qué no es útil la literatura? Frente a las leyes del mercado que exigen ventas, éxito, productividad, y una larga lista de escabrosos etcéteras, la literatura, la poesía especialmente “no sirve para nada”, dicen los autores. Y es esa “inutilidad” precisamente la que subraya su valor frente a una realidad como la actual marcada por las violencias de todo tipo, por la frivolización del pensamiento, por el palabrerío banal. Porque viaja por otros caminos, la poesía es espacio de exploración, de asombro, de reconocimiento del otro. De escucha y de silencio. ¿Quién accede a trocar su día por un rostro que no ha de ver? Otro poeta tan español como mexicano, el querido Tomás Segovia, escribió: …El susurro del viento errante por la noche / que trae de los trasfondos la efusión solitaria / del tumulto callado de las cosas…

Y de pronto, en el vértigo de los miles de libros, de las palabras escuchadas o pronunciadas a lo largo de las horas, pero sobre todo en las complicidades silenciosas, en las miradas ausentes de los poetas con los que me he cruzado durante estos días (les puedo asegurar que si miran ustedes a los ojos de David Huerta, del propio Tomás Segovia, del entrañable colombiano Darío Jaramillo o de cualquier otro de los verdaderos poetas que rondan por la FIL verán la misma reservada ausencia, la misma distancia de quien está guiándose por otros mapas), me descubro buscando esa bendita inutilidad. Pero claro que no soy la única – aunque tampoco el club sea demasiado grande, hay que reconocerlo -, algo de eso nos cuentan también los premios que han irrumpido en la Feria; el que recibió Cadenas y el celebradísimo Cervantes a José Emilio Pacheco, quien se quedó “turulato” y “patidifuso”, como lo declarara a la prensa. Algo de esa búsqueda que persigue lo innombrable. ¿Habrá acaso algo más gozosamente “inútil”?



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