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Un ángel me acelera el corazón

Sandra Lorenzano| El Universal
Sábado 21 de noviembre de 2009

Hay voces que me aceleran el corazón. Seguramente a ustedes también les pasa. De pronto en el rápido cambio de dial que hacemos en el radio, entre un semáforo y otro, aparece un ángel –como aquellos que al nacer nos dicen al oído nuestro nombre más secreto– y nos olvidamos del tránsito, del cláxon desesperado del auto de atrás, de los tres chicos que bailan frente al parabrisas con grandes traseros hechos de globos (y de los jirones que quedan de nuestras miserias). Nos olvidamos por un instante de la cuenta del teléfono, de las vergonzantes declaraciones del “ombudsman” de algún estado marcado por los feminicidios, de los 41 millones de pobres (CEPAL dixit), de la clase a la que llegaremos tarde, de encajuelados y decapitados, y hasta de que en pocos meses cumpliremos 50 años (cualquier semejanza con mi propia realidad, querido lector/a, no es más que pura coincidencia). Nos olvidamos de todo, sentimos los latidos cada vez más veloces, y abrimos los oídos a los ángeles. Cada uno quizás tenga los suyos. Yo me hundo en una sensación de tibieza sólo comparable a la del abrazo más querido, con la voz, por ejemplo, de Teresa Salgueiro. ¿No les pasa? Esa mujer pequeña, de ojos oscurísimos, que conocimos casi al mismo tiempo gracias al primer disco que nos llegó de Madredeus y a la película de Wim Wenders, Lisbon Story, cuya cámara siguió con enamorado detenimiento cada uno de los gestos de esta portuguesa dueña de una voz conmovedora. Y el que escuchamos es fado que se renueva, que sabe a blues y a rock, a tangos y a tiempos idos. Hado, fatum, destino de países pobres, de países de tierra seca, de países de migrantes. Destino de saudades: nostalgia por lo que se fue, por lo que perdimos, pero también y sobre todo nostalgia por aquellos futuros que no vivimos. Por aquello que se (nos) quedó en la “negra espalda del tiempo”, como lo dice Javier Marías. Lo que pudo ser y no fue. ¿Qué hubiera sido del hermano Juliancito, se pregunta Marías, que murió cuando sólo tenía tres años? ¿Qué hubiera sido de nosotros si algo no se nos hubiera muerto a los tres, a los doce, a los veinte años? ¿Quiénes hubiéramos sido? ¿En qué lenguas hablaríamos? ¿Qué pieles añoraríamos cada mañana?

Hablar de Fernando Pessoa es ya casi un lugar común que espero sepan disculparme, pero no puedo dejar de pensar en uno de sus textos que me resulta más entrañable: el Antínoo. Largo poema de amor, escrito en el inglés aprendido en la infancia sudafricana. Él también migrante, desterrado de su lengua, lejos de donde quizás ya estuvieran esperándolo sus queridos (y a veces odiados, claro, odiadísimos) heterónimos. “La lluvia cae, y él yace como alguien que / de su amor olvidó todos los gestos / y espera despierto a que ardientes regresen.” A veces, nos llega la voz de algún ángel.

http://sandralorenzano.blogspot.com



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