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“Identifican al nieto número 98”.

Sandra Lorenzano| El Universal
Sábado 07 de noviembre de 2009

Pensé mucho sobre la mejor manera de iniciar este artículo, y finalmente decidí que tenía que hacerlo así, dando la noticia de entrada, en frío:

“Identifican al nieto número 98”. Estas pocas palabras resumen una larga y desgarradora historia, resumen muertes y violencia, encuentros y desencuentros, identidades y borramientos. Pero sobre todo, resumen el trabajo valiente y amoroso de las Abuelas de Plaza de Mayo. Sí, es de esos nietos de los que hablo, y de estas Abuelas, con mayúscula. De las mujeres que desde hace más de treinta años buscan a los niños secuestrados por la dictadura militar argentina (1976-1983), o nacidos en cautiverio, y cuya verdadera identidad desconocen. Vale la pena entrar a la página http://www.abuelas.org.ar y ver algo de lo mucho que han hecho y siguen haciendo.

Estela Carlotto, presidenta de la asociación, madre de Laura, secuestrada cuando estaba embarazada de tres meses, dijo hace un tiempo: “Nuestros nietos que han estado en cautiverio junto a su mamá en la panza, han recibido cantos, cuentos, voces, nombres, todo hacia adentro, porque eran ellos dos solos; mientras viviera el hijo, vivían ellas. Eso es lo que llevan adentro los chicos sin darse cuenta”.

Y quizás por eso, porque hoy es un hombre que aún tararea bajito “Manuelita la tortuga”, o el arrorró o a lo mejor la marcha montonera, Martín pensó que su verdadero origen no podía ser el que le contaba la pareja de militares que lo crió, y se acercó a Abuelas a ver si su ADN coincidía con el de alguno de los desaparecidos. Así se convirtió en el nieto número 98 que recupera su historia. Martín sabe ahora que es el cuarto hijo de Marcela Molfino y Guillermo Amarilla.

Escuchó el relato de su origen sabiendo que al otro lado de la puerta había una familia que lo esperaba. La respuesta fue casi física: las voces de los hermanos que no conocía le provocaron una conmoción de la que aún no logra salir. Descubrió que tiene el lóbulo de las orejas pegado igual que ellos. Los cuatro juntos se dieron cuenta y se abrazaron riendo. Dicen que inmediatamente Martín pidió una foto de su madre, para conocerla. Le preguntaron a qué se dedicaba y contestó: “A la música. Ahora aprendo a tocar el acordeón a piano”.

A todos les corrió un escalofrío por la espalda: era el mismo instrumento que tocaba Marcela. ¿Habrá habido algo de aquel sonido en las melodías que ella tarareaba encerrada en el campo militar?

¿A quién no le cantaron bajito incluso antes de nacer? Tienen razón las Abuelas. Mi madre nos cantaba canciones de la Guerra Civil (¡Ay Carmela!), o de los partisanos (Stamattina mi sono alzata, oh bella ciao…). Era una militante con la música mi madre, apenas unos años mayor que Marcela. No era española ni italiana sino una mujer que pensaba que había algo que se llamaba solidaridad, que se llamaba compañerismo. Aun más allá de las fronteras. Como ella.

La voz. El ritmo de la respiración. El canto. Nos acompañan desde antes de nacer.

¿Qué recuerdos le llegan a Martín cuando escucha hablar a sus nuevos hermanos? ¿Qué tono apenas insinuado? ¿Qué quiebre en algún verso?



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