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La autobiografía de un editor es su catálogo: Jorge Herralde

Yanet Aguilar Sosa| El Universal
Martes 08 de septiembre de 2009
Tiene gran interés por la literatura de mexicanos como Monsiváis, Villoro, Fadanelli, Bellatín, Nettel y Enrigue

yanet.aguilar@eluniversal.com.mx

 

Jorge Herralde es emblema de rebeldía, de tenacidad y de éxito. Es el editor quien, en 1969, en pleno régimen franquista, emprendió un sueño: construir Anagrama y convertirla en una editorial para publicar lo mejor de las letras mundiales traducidas a la lengua española. A cuarenta años de distancia tiene un catálogo con cerca de 3 mil títulos publicados y un interés espacial en la literatura latinoamericana.

Herralde siempre ha dicho que la autobiografía de un editor es su catálogo; incluso durante una entrevista concedida a KIOSKO es modesto: “se hace lo que se puede” y parafrasea a Samuel Becket -dramaturgo, novelista, crítico y poeta irlandés- cuando éste señalaba: “Sólo sirvo para esto”.

 

Para el editor de Martin Amis, Ian McEwan, Patricia Highsmith, John Kennedy Toole, Álvaro Pombo, Sergio Pitol, Roberto Bolaño y Alan Pauls, su oficio es sencillo. “Es bastante fácil saber que se está ante un gran escritor”.

 

En sus 40 años de labor en Anagrama ha aplicado la frase de Paco Porrúa, el gran editor literario de Sudamérica, que fue el primer editor de Cien años de soledad de García Márquez y Rayuela de Julio Cortázar. “Paco decía: ‘Estaba en la editorial, me llegaron estos manuscritos y decidí editarlos. Este es mi oficio’, yo digo lo mismo: Este es mi oficio, como un lacónico pistolero”.

 

El editor que está en México para participar en el Congreso Internacional del Mundo del Libro, que organiza durante estos días el Fondo de Cultura Económica para celebrar su 75 años de vida, asegura que con México, Argentina y otros países de América Latina lo une un fuerte interés por su literatura, por eso su más reciente libro como autor es El optimismo de la voluntad, una suerte de bitácora de supervivencia que reúne experiencias editoriales en América Latina.

 

Es un editor muy cercano a México, no sólo ha fichado a reconocidos escritores mexicanos, sino también tiene grandes amigos en este país “desde mi antiquísima y prehistosénica relación son Sergio Pitol, que comenzó en 1969 y tantos viajes; vengo dos veces al año, tengo amigos como Monsiváis, Villoro y Alejandro Rossi, recientemente fallecido”.

 

—¿Por qué le interesa tanto laliteratura latinoamericana?

—Me siento muy próximo a Sergio Pitol, a Carlos Monsiváis, Juan Villoro que es mi más viejo amigo de los juniors o de los semijuniors. Me siento muy cercano también por los muchos viajes y por la lectura, y luego por esta posibilidad de hacer ediciones simultáneas en España y otra en el país de origen del autor.

En América Latina han surgido distintas literaturas; es un territorio en el que surgen figuras muy interesantes como Alejandro Zambra en Chile, Alan Pauls, Martín Kohan y Martín Caparrós en Argentina, Alberto Barrera Tyszka en Venezuela, Iván Thais en Perú y en México, aparte de Villoro; entre los semijuniors están Mario Bellatín y Guillermo Fadanelli y más jóvenes Guadalupe Nettel y Álvaro Enrigue. Son autores que, a excepción de Juan Villoro, a veces no figuran en el canon más obvio y sin embargo son muy interesantes.

 

 

 

 

Cada país tiene su propia literatura y sus diversas ramas; a mí no me tientan para nada las taxonomías, eso se lo dejo a los críticos y a los historiadores; reacciono como un lector y reacciono ante lo que me gusta. Nosotros respetamos los cánones, pero no tenemos por qué compartirlos. Publicamos a los autores que nos gustan y en el caso de Anagrama no son infrecuentes los autores que han pasado de ser muy periféricos -casi vocacionalmente- a centrales; el caso más emblemático es Roberto Bolaño.

—Hay una mayor presencia de literatura mexicana y argentina.

—La argentina y la mexicana tienen mayor presencia, en Argentina hay una gran tradición de clase media culta e incluso hiperculta, hasta snob, mucho más que en cualquier país de América y también mucho más que en España, eso provoca un mousse cultural que tiene una literatura de una complejidad y una riqueza muy especial; y en México, ante un país así de convulso, con muchos contrastes y también muy rico, el escritor está en este humus y refleja una literatura que para el lector resulta muy atractiva, pero al mismo tiempo te interroga.

 

 

—Entre ellos, Sergio Pitol es uno de los más publicados por Anagrama.

—De Pitol tenemos casi toda su obra, está entre ese folleto que hicimos de los 39 sobre 10 -los 39 autores con más de 10 libros en Anagrama-. Ha publicado todas sus novelas y estos libros mestizos a caballo de los géneros, tenemos las antologías de sus mejores cuentos, he reunido en Tríptico del Carnaval y Tríptico de la Memoria sus mejores libros. Una de sus novelas es el número dos de la colección Narrativas Hispánicas; en cambio, de Monsiváis tengo sólo dos por desdicha, pero he estado años y décadas persiguiéndolo y nunca ha acabado de rematar el libro que publicaremos.

Jorge Herralde estudió ingeniería pero estaba con la cabeza puesta en otros mundos. “Estaba de cuerpo presente y mente ausente”. Desde joven quería ser editor, aunque no estaba predestinado ni familiarmente ni por sus primeros estudios. Es el impulsor de una editorial que nació en medio de una crisis y aunque ha tenido momentos difíciles, asegura que las cuatro décadas de vida de Anagrama han sido fructíferas.

La primera década estuvo marcada por la lucha antifranquista, la ebullición de la contracultura y el Mayo francés. Pero a partir de los años 80, Jorge Herralde puso gran énfasis en la narrativa, primero internacional y luego en lengua española, incluso lanzó el Premio de Novela que se sumó al de Ensayo. Anagrama dio un gran salto en 2000, cuando comenzaron a publicar una edición simultánea en España y en los países latinoamericanos. Herralde dice que “valía la pena que al menos aquellos buenos lectores interesados en la gran literatura pudieran tener la oportunidad de leer a autores, muchos de ellos de minorías”.

 

—¿A 40 años de distancia se ve como un aventurero o un suicida?

—Soy un aventurero editorial, eso es innegable; suicida no creo, o puede ser un suicidio controlado en algunas épocas, en los 70; en lo que sigo persistiendo es en buscar muy buenos autores, aunque minoritarios con la esperanza de que dejen de serlo. Eso sucede en ocasiones, como es nuestro fichaje, este año, de Rodrigo Rey Rosa y de un escritor excepcional como Daniel Sada, que están en el polo opuesto: por un lado el laconismo de Rey Rosa y por otro la exuberancia de Sada. Lo grato es que han tenido muy buena acogida crítica en España y en América Latina. También estoy muy orgulloso de Patrick Modiano, el mejor autor francés y revelación para muchos de la literatura francesa a sus 60 años y con varios libros publicados.

—¿Cuál es su secreto como editor?

—No hay otro secreto que la persistencia, trabajar mucho, viajar mucho, recibir toda la información y descodificarla; como vocación hay que intentar hacer las cosas lo mejor posible; trabajar muy en serio, pero sin tomarse las cosas tan en serio, con sentido del humor. Y de repente, aquí y allá la llamada de la suerte de la buena literatura. La recompensa es la respuesta ante esos libros que me parecen muy buenos, pero que han encontrado lectores que estarán agradecidos como yo.

—¿Cansado o siempre vital?

—Aún con mucha fuerza; es una fortuna porque me divierte leer, participar en la edición y promoción de los libros.

—Una palabra que lo defina como editor.

—No hallo una palabra que me defina como editor, el auténtico editor es vocacional, es alguien para quien leer y compartir sus entusiasmos es lo más apasionante.

 

 



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