aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Un junior de la cultura

El Universal
Domingo 30 de diciembre de 2007
Ser académico, creador visual e hijo de una de las figuras más prominentes de México le ha dado una certeza que guía su vida y obra: el arte es un arma para infringir leyes

miguel.ceballos@eluniversal.com.mx • luis.olivares@eluniversal.com.mx

Los vicios y virtudes de Carlos-Blas Galindo no son privadas. Él mismo se define como un junior de la cultura, es decir, como parte de un grupo conformado por hijos de artistas e intelectuales mexicanos que mamaron y crecieron rodeados de lo mejor de la cultura de este país. Disfrutó de los privilegios y padeció las exigencias de llevar el nombre de uno de los compositores y directores de orquesta más reconocidos de México: Blas Galindo Dimas.

Incluso, cuenta que durante algún tiempo decidió quitarse el segundo nombre y ser simplemente “Carlos Galindo”, un alumno de escuelas públicas al que le encantaba pelear y cada vez que podía se agarraba a golpes con sus compañeros de salón como mero deporte. En contraste con su mala conducta, siempre fue un “nerd sacadieces”, algo que le ganaba el respeto de sus maestros.

Carlos-Blas Galindo (1955) es académico, crítico de arte, curador y artista visual.

Actualmente es director del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap).

Como artista se ha caracterizado porque el eje conceptual de su obra es infringir la ley. Ha creado diversos manifiestos conceptuales en los que cuestiona el arte tradicional y coloca al conceptualismo como un instrumento de transformación estética.

En su niñez, Carlos-Blas acompañaba a sus padres a fiestas y reuniones en las que conoció a creadores como Gerardo Murillo Dr. Atl, David Alfaro Siqueiros, así como a importantes músicos, bailarines y dramaturgos como Rodolfo Usigli. Disfrutaba de estar en casa de su madrina, Sara Ochoa, en donde frecuentemente se reunían intelectuales y artistas.

Fue precisamente Sara Ochoa quien marcó la personalidad de Carlos-Blas Galindo. Una mujer a la que recuerda como “totalmente reventada, muy liberal, que tenía varios galanes al mismo tiempo, bebía mucho alcohol y disfrutaba la vida”.

Cuando tenía nueve años de edad, sus padres decidieron que asistiera a la Escuela Superior de Música del INBA, que estaba en la calle de Cuba, en el Centro Histórico. Tras esa preparación, Carlos-Blas estrenó una obra para piano de la autoría de su padre escrita para niños.

Para quien conoce su cráneo calvo es difícil imaginar que ahí existió una larga cabellera hippie, misma que portó con orgullo en sus años de adolescencia. Era la época en que no sabía si estudiar cine o artes plásticas. “Yo quería estudiar cine. Tengo muchísima biografía. Veía las películas y hacía apuntes en mis libros sobre el montaje, la dirección, etcétera. Por eso yo creía que ya conocía de cine, así que me fui a artes plásticas”.

Como él mismo lo dice, Carlos-Blas Galindo es un pez que se mueve en diferentes aguas. Trabajó como funcionario y durante algún tiempo se retiró de los cargos públicos por estar en desacuerdo con el gobierno de Carlos Salinas de Gortari; formó parte del Frente Democrático Nacional, en apoyo al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas; fue orador en el vado de Aguas Blancas en el segundo y tercer aniversario de la matanza en ese lugar y ha realizado performances en contra de la guerra en Irak, entre otras cosas.

Planea irse a residir nuevamente a Oaxaca para escribir libros que tiene en mente. Le seduce el tema del arte y la política, pero también analizar el sistema artístico, ver cómo es la normatividad impuesta desde el poder y cómo vulnerarlo.

Ir a la escuela de música era algo espantoso. Yo era igual que los demás chavos, pero como los profesores habían sido maestros, condiscípulos o alumnos de mi papá, querían que fuera el mejor de la clase.

Ahí empezó a pesarme el nombre, incluso hubo un tiempo en que me quité el Blas y sólo era Carlos Galindo.

Tenía un acuerdo con mi padre para estudiar piano por un tiempo porque él pensaba que era bueno que me enterara de lo que hacía, pero luego de eso decidí dejarlo. Claro que me gusta seguir partituras, puedo llevar el compás y detesto la música mal tocada. Si estoy en un concierto me enoja que estén fuera de tiempo. Pero ya no toco el piano. Mi hermano Luis —que es cinco años menor que yo— sí, porque es cirujano y lo hace como ejercicio para fortalecer los dedos.

Soy de una generación que queríamos irnos muy jóvenes de la casa familiar. Yo tenía una especie de comuna hippie con varios amigos y amigas.

Éramos como la tercera generación hippie y yo traía mi greña larga. Desafortunadamente no hay fotos de eso porque un día, cuando estaba viviendo en la ciudad de Oaxaca, alguien entró en la casa y sólo por molestar se llevó una caja con toda mi iconografía

José Agustín era como el gurú de nuestra comuna hippie, aunque no lo conocíamos en persona, lo conocí mucho después.

A partir de los 13 años de edad coqueteé con la idea de irme de casa. Un día mi mamá encontró en mi recámara mi maleta hecha, pero en esa época mi padre tenía un problema de salud y me pidió que emplazara mi salida.

Era una época en la que fumaba mariguana e iba a La Lagunilla a comprar retacería de piel y carnaza para hacer morralitos hippies que vendía en el Zócalo. No ganaba mucho dinero, pero salía para las necesidades de la comuna.

¿Era mujeriego?

Dicen, lo cual no es cierto. Bueno, debo decir que ese tiempo era la época de la promiscuidad sexual. ¡Si no sé por qué no me morí de sida! Recuerdo que nos reuníamos en el despacho de un prominente abogado unos tres o cuatro hombres e igual número de chicas. Siempre éramos los mismos, pero no necesariamente estábamos con las mismas y no había celos y esas cosas, era lo normal. Después me reformé.

No, seguramente porque soy de una generación en la que el matrimonio no era una práctica usual, lo cual no quiere decir que no haya tenido parejas estables, relaciones duraderas.

Tampoco he tenido hijos, pero ahora tengo ganas de tener uno, aunque en un lapso breve considerando la edad y de que soy un junior de la cultura que está por irse a Oaxaca a escribir sus libros.

Una con mi padre. Él era bastante estricto pero también se echaba sus tequilitas antes de comer o cuando había éxitos que celebrar. Como mi madre tiene fobia al vuelo, en una ocasión, cuando yo estaba estudiando la licenciatura, mi padre nos invitó a mi hermano y a mí a un viaje a Europa, pero como era época de exámenes finales en la UNAM mi hermano dijo que no.

Yo preferí ir y al regreso presentar exámenes extraordinarios. Cuando terminé mis estudios de licenciatura obtuve mención de excelencia, pero no se me pudo otorgar porque creo que tengo el récord de más exámenes extraordinarios. Hicimos juntos ese viaje a Europa y en París sucedió la primera borrachera al lado de mi padre.

Presumo de ser feliz. Creo que no todo el mundo puede decir eso. Estoy satisfecho en general. He hecho lo que he querido, cuando he querido. Soy feliz y eso me satisface mucho. Soy reventado y fiestero. Mis vicios y mis virtudes son públicas, no oculto ninguna de las dos cosas.



Ver más @Univ_Cultura
comentarios
0