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Josefina Quezada recibe hoy homenaje

Samuel Mesinas | El Universal
Martes 07 de junio de 2005
Su labor de difusión de la cultura mexicana a través de la fotografía y el muralismo será reconocida en Jalisco

A sus 87 años, Josefina Quezada sigue teniendo el mismo ánimo de aquellos años 50, cuando comenzó a fotografiar en reuniones sociales de la época para poder sostener a sus hijos.

La misma vitalidad le llevó a enviar un par de imágenes al primer concurso de fotografía "Women, the Image Creators 2003 (EWIC)", en Belgrado, ex Yugoslavia, organizado por la Asociación de Fotógrafos Profesionales Independientes y la Academia de Artes Visuales de Europa, donde resultó ganadora.

Hoy, después de décadas de trabajo, su trayectoria como fotógrafa y muralista será reconocida por la Secretaría de Cultura de Jalisco en el museo Raúl Anguiano, en Guadalajara, ciudad que le vio nacer.

Alumna y laboratorista personal de la fotógrafa Lola Álvarez Bravo, compañera de la también artista de la lente Mariana Yampolvsky, tallerista con el pintor David Alfaro Siqueiros, Josefina Quezada es autora de dos murales en México y 12 en la ciudad de los Ángeles, California, donde radica desde los 70.

En ambos países ha plasmado los ideales sociales e históricos con los que se formó como pintora en la Academia de San Carlos y de las personalidades de las que estuvo rodeada.

Y aunque es cierto que el reconocimiento internacional le llegó por la fotografía, por lo que tuvo el derecho de proponer a la perla tapatía como ciudad sede de la segunda bienal de la EWIC, la pintura fue su primera pasión. "Tenía como cinco años cuando mi padre me ponía a pintar en un pizarrón, a mí me encantaba porque era como descubrir otro mundo; esa sensación me sigue invadiendo hasta hoy cuando comienzo un cuadro", rememora en entrevista telefónica.

Asegura que nunca ha reparado en preguntarse cuál de las dos actividades le gustan más: si apretar el obturador de la cámara o el subirse a los andamios, lo único que acepta es que nunca dejará ninguna de esas actividades. "Creo que hasta que me muera tendré mi pincelito en la mano y la cámara".

La historia de la octagenaria fotógrafa jalisciense está llena de anécdotas, muestras de pasión y arrojo. Al casarse se trasladó de Guadalajara a la colonia Santa María la Ribera, en la ciudad de México, para entrar a la Academia de San Carlos; era 1949. En los años siguientes se divorcia, trabaja la fotografía comercial, da clases de pintura y asiste a Lola Álvarez Bravo.

De su maestra recuerda las visitas a los muralistas Diego Rivera, Frida Kahlo y Clemente Orozco, para fotografiarlos, pero sobre sus consejos, "me decía que no copiara lo que veía, entonces descubrí los mercados, lo popular y común de la vida en la ciudad, había tanta naturalidad en ello; fue cuando comencé a ver a mi pueblo".

Ese ha sido el tema de su obra pictórica y fotográfica que ha plasmado desde 1978 en escuelas, bibliotecas como la Anthony Quinn, y edificios corporativos de las ciudades de Los Ángeles y San Diego. "Vi que hacía falta la historia de México entre mi gente de acá y puse mi granito de arena empezando a pintar de manera educativa con temas alusivos a los símbolos mexicanos y a los indígenas de América del Sur".

Considera que de su trabajo en México lo más significativo fue el mural que pintó por invitación de la pintora Aurora Reyes: La trayectoria de la cultura en México, en el auditorio del Sindicato de Maestros.

Concluye que el reconocimiento que hoy recibirá le resulta un honor y un regalo de la vida, pero lo importante no es la distinción "sino que mi gente vea que una persona salida de allí, del barrio, ha podido desarrollarse; una especie de lección y testimonio para ver quién se avienta".



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