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La Muerte Niña

Luz María Rivera| El Universal
Jueves 01 de noviembre de 2001

La Muerte Niña: la pérdida más grande y que no tiene, en castellano, un equivalente para nombrar el dolor de una madre que ve morir a un hijo pequeño.

A quienes pierden al marido o a la esposa se les llama indistintamente viudas o viudos; a quienes pierden a los padres, se les llama huérfanos, pero no existe palabra para designar a la madre que pierde a un hijo recién nacido, o adulto, si es el caso.

"No hay un término: así de brutal es el dolor de una madre", explica la historiadora Elsa Malvido quien, en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, dirige un seminario sobre la muerte y desde hace años mantiene y expone, de manera itinerante y a nivel mundial, una exposición sobre la muerte infantil llamada Angelitos muertos .

En México, el ritual y culto que rodea a la muerte de los niños ha trascendido y sigue instalado en el arte y la imaginería popular. Todavía, en algunos pueblos de la provincia mexicana, continúa la tradición de retratar a los niños que mueren: rodeados de hermanos, padres e incluso padrinos.

Prevalece también un arte pictórico sobre este ritual que enaltece y rodea de misticismo a La Muerte Niña, en un país que todavía, en pleno siglo XXI, mantiene un alto índice de mortalidad infantil: fenómeno que requiere de explicaciones no terrenales para enfrentar el dolor y el impacto de tales pérdidas. Vestidos en hábitos de santos elegidos al gusto de los dolientes, o simplemente como lo que son para la creencia popular: angelitos que de ahora en adelante fungirán como "abogados" en el cielo para sus familias, los niños muertos son enterrados, las más de las veces, conteniendo la madre su manifestación de dolor: no sea que, con sus lágrimas, cierre el camino de la gloria al pequeño elegido de Dios.

Actualmente, la Iglesia católica ha renovado su visión del destino de los niños muertos. Hace ya muchos años dejó de hablar de "los niños del limbo", término que usualmente utilizaba para designar a todos los infantes que habían muerto sin "la gracia" de recibir el bautismo.

Los niños del limbo ahora pertenecen "a la teología de las abuelitas", dice el joven padre José Juan Tapia, del templo de San Hipólito en el Centro Histórico de esta capital. Para el sacerdote, la Iglesia católica hace mucho ?30 o más años, estima?, dejó de mencionar al "limbo" y explica que todos los niños ?si bien con el pecado original, herencia de Adán? en caso de morir sin el sacramento del bautismo, la Iglesia "los confía a la misericordia de Dios".

El catolicismo actualmente reconoce el llamado "bautismo de deseo", que produce los mismos frutos del sacramento: si un niño, explica el padre Tapia, por alguna circunstancia extrema no pudo recibir el bautismo y muere, la gente tiene que saber, si esa es su convicción y creencia, que la Iglesia invoca y reconoce, por la sola expresión de aceptación, el hecho sacramental, en este caso, del bautismo.

Y lo mismo sucede con adultos "catecúmenos que mueren, pero con su deseo explícito de recibir el sacramento, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, aseguran su salvación, según el catecismo de la Iglesia católica. Desde siempre, la Iglesia posee la convicción de que quienes mueren antes de ser bautizados, alcanzan la salvación por el llamado `bautismo de deseo`", explica el sacerdote.

Además, en última instancia, precisa el padre Tapia, los niños o adultos que estén a punto de morir y que no estén bautizados, pueden recibir este sacramento "de extrema necesidad" de manos de cualquier persona que invoque y siga, en esencia, el ritual católico: agua simple y "la fórmula de: yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es válido y es sacramento", asegura.

Para el padre del templo de San Hipólito, la Iglesia católica en México sigue viendo, en la muerte infantil, "un gran, profundo dolor, una gran pérdida", y acepta "la manifestación cultural y la expresión de fe" que existe en diversas expresiones populares, algunas de las cuales llama "angelitos" a los niños muertos.



Sitios de muerte

Elsa Malvido, catedrática del INAH, explica que "el limbo" generalmente se atribuía, en la creencia judeocristiana, a uno de los cuatro sitios de la muerte.

"El origen del limbo viene del ceol judío, que es el sitio, según la creencia judaica, donde van a parar los seres buenos, bondadosos, pero muy importantes: los profetas entre ellos, gente cuya bondad se puede probar.

"Es el sitio para la gente que no tuvo culpas, se puede decir, ése sería el sentido. La Iglesia católica lo retoma, y aunque en la Biblia el limbo no aparece como tal, estos cuatro sitios, espacios de la muerte, son una creación teológica de entre los siglos XII y XIII, que tienen que ver también con las grandes pestes y con las mortandades terribles que hubo en toda Europa.

"Estos sitios, inventados digamos, es para darle espacio físico ?lo querían creer las personas? a quienes esperan el Juicio Final. El limbo es donde se espera el regreso del segundo Cristo, el Mesías. Según la Iglesia católica, el limbo es el sitio que se le asigna a los niños, hijos de católicos, pero que por cuestiones de mortalidad infantil, van a parar ahí. Es un lugar sin pena ni gloria."

Para Malvido, el culto que se le rinde a los niños muertos, bautizados o no en el rito católico, responde a diversas creencias y manifestaciones culturales en México, que si bien algunas tienen bagajes católicos, muchas otras hunden sus raíces en diversas culturas prehispánicas, entre éstas la mexica.

Pero recalca que no es "privativo" de México el culto a la muerte infantil: en Europa, desde la Edad Media, se confirma que a los niños muertos se les rendían cultos diversos: desde la clásica reproducción pictórica en edades incluso a las que nunca llegaron los infantes, hasta el representarlos vivos, así como otras consideraciones, que incluían fiestas propiamente dichas. En todas las culturas del mundo, reitera Malvido, la representación de la muerte infantil ha estado presente. "Esto es universal: no es ni específico de los mexicas ni de México, ni es característica especial ni esas cosas extrañas que han dicho de México: que es un país necrófilo por excelencia. No es cierto. Sí sabemos, por ejemplo, que en los grupos mexicas había diferentes rituales especiales para los niños que no habían comido alimento, más que el materno; no habían probado el maíz, y no habían caído en el pecado. En esta concepción del pecado ya transmitida por la cultura occidental. Pero que no sabemos qué hayan entendido los mexicas por pecar."

Se tiene registro, precisa la maestra, que en el caso mexica los niños pequeñitos que fallecían "iban al lugar donde había el `Árbol de las Chiches`, o `Árbol de los Pechos`, que está dibujado en los códices: es un árbol que en vez de frutas tiene grandes pechos, y de ellos están colgados los niños, esperando volver a nacer. Porque en la concepción de los mexicas, hay un continuo renacer e integrarse a la naturaleza. Había rituales especiales para estos niños, así como rituales de protección para las mujeres embarazadas, para que sus hijos no fueran a fallecer. Este es uno de los espacios de la muerte en el mundo mexica".

La tradición de vestir de "angelito" al niño muerto, aún prevalece en México, dice Malvido, incluso aquí en la capital. También es significativo el hecho de que el niño muerto en el seno de una familia de clase media o alta, cuando es llevado a cumplir "la norma sanitaria" y los reglamentarios tiempos de espera y observación, el pequeño permanece solo.

"El bebé va solo y está solo: cumpliendo su tiempo de espera sanitario en las capillas funerarias. No lo acompaña nadie. Las familias no van, generalmente. ¿Por qué?, pues porque es un dolor tal que la gente no quiere ir, y además es un angelito: no tienen por qué rezarle ni hacerle misa, ¿qué vas a pedir por ellos? Ellos son, en términos de la Iglesia católica, los que van a pedir por ti. Porque fueron llamados por Dios, antes de cumplir una vida de pecado. Tienes que dar gracias a Dios de que se llevó a tu hijo y no llorar. Esa es la defensa de la Iglesia católica ante un fenómeno que no tiene explicación racional."

Y reitera: "en castellano no existe la palabra que determine el dolor de la madre. No existe el adjetivo con que se pueda calificar a la madre que pierde a un hijo. Existe el que designa a la mujer que pierde al hombre, viuda; o a la mujer, viudo. Existe el que se utiliza para cuando se pierde al padre o a la madre, se es huérfano, pero no hay una palabra para cuando la madre pierde a su hijo. Lo cual nos habla de una pena, tan brutal, que no existe palabra para ello".

Es en la época posrevolucionaria en México, cuando se le empieza a conocer como La Muerte Niña a este fenómeno de ritos funerarios infantiles, explica Malvido.

Incluso en las iglesias existen espacios especiales, explica, junto a los altares y lo más cerca a los santos, "los intermediarios para el Juicio Final, y que son destinados a los niños que no han llegado a la edad de confesar y de comulgar: por eso son angelitos, no han pecado".

La especialista afirma que hubo un periodo del siglo XII en que a los niños del limbo se les adjudicaba llanto eterno: debido a que no habían tenido la posibilidad de vivir, penaban por una desesperanza de la vida, rememora.

"Y así estos niños permanecían llorando. Esta tradición del llanto de los niños del limbo desaparece en el siglo XIII, y otra vez aparece, repito, como un lugar sin pena ni gloria."



Arte y tradición en el dolor

Aún en estos días las llamadas "clases populares" ?término que en México esconde el gran clasismo (o racismo para otros) que la sociedad de aquí mantiene?, conservan la tradición de los "velorios de angelitos".

Estos rituales inician a la par que la búsqueda de conservar, en imagen ya sea pictórica o fotográfica, al pequeño ausente. Los velorios "de angelitos" varían en México, pero conservan rasgos comunes: música de acompañamiento pagada por padrinos ?puede ser de mariachis?, y los cantos ?no rezos? que hablan de la pureza del infante y su vida sin pecado.

El historiador de arte Gutierre Aceves es el que más ha documentado este fenómeno en el país y echa mano también de otros testimonios, como el de 1902 que hizo Carl Lumholtz. Explica Aceves: "Los padres que han perdido a un hijo experimentan el dolor normal por la pérdida, tanto como la alegría de saber que el niño vive para la eternidad, siempre que haya sido bautizado.

"De otro modo su destino es el limbo, `el sitio de los suspiros y no de los lamentos`, como escribió Dante.

"El mayor grado de mortalidad infantil hizo necesario situar la práctica del bautismo inmediatamente después del nacimiento. Si el niño no sobrevive a la primera infancia, ciertos ritos funerarios deben realizarse. Desde el fallecimiento de una criatura hasta su entierro, se desencadenarán las actividades que forman parte de esos ritos."

Aceves realizó entrevistas en la región de Jalisco, entre personas de edades comprendidas entre los 30 y 90 años, que reconstruyeron, para el historiador, la esencia de estos rituales. También consigna que Juan de Dios Machain es el fotógrafo, de quien no se tienen más datos biográficos, que documentó en el siglo pasado y hasta 1930, en Jalisco, los funerales infantiles. (El arte ritual de la muerte niña , en Artes de México, 15, 1992).

José Antonio Bustamante García es otro fotógrafo cuyo trabajo, a principios de la década de los 30, inició un registro de un México variopinto, que incluía las transformaciones de costumbres y las tradiciones de arraigo. En un extenso trabajo titulado El gran lente , editado en 1992 por la Secretaría de Educación Pública, Bustamante Martínez recuerda: "Aquí era muy arraigada la costumbre de fotografiar a los niños muertos, sobre todo en los pueblos chicos, en los ranchos. Se les morían sus niños y andaban buscando un fotógrafo, lo acompañaban con música y canciones en su cajita blanca, se echaban cuetes, porque decían que eran angelitos."

Bautizados o no, los niños muertos siguen siendo objeto de diversas consideraciones y ocupan un sitio en toda una gama de manifestaciones culturales. Pintores como Juan Soriano, Julio Castellanos, Olga Costa, Gabriel Fernández Ledesma y Frida Kahlo, entre otros muchos, recrearon este tema.

La Muerte Niña, reverenciada hoy en México, forma parte de una cultura donde el dolor deja espacio a la pretensión de eternidad.



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