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Historias de reportero | Carlos Loret de Mola

El quinto vehículo del casino

Carlos Loret de Mola nació en Mérida, Yucatán, México, en 1976. Tiene una licenciatura en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo ...

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Raúl Rocha, el dueño del Casino Royale, dice que tiene miedo. No del proceso de la autoridad en su contra, sino de que lo maten los narcotraficantes. Que por eso está escondido.

Martes 30 de agosto de 2011

Recibí su llamada justo cuando despedíamos la transmisión especial de televisión desde Monterrey, tras el ataque en el Casino Royale, que mató a más de 50 personas. Raúl Rocha Cantú, dueño de ese y tres establecimientos más del mismo tipo —según me dijo—, sonaba a veces desesperado, a veces molesto, a veces temeroso, siempre enfático y exaltado. Me contó esta historia:

Mientras recorría las instalaciones de uno de sus casinos, un hombre al que no había visto antes le tomó del brazo para reclamarle que no había pagado su “cuota”, que era renuente y que enfrentaría las consecuencias. Una extorsión para que pudiera seguir operando sus centros de apuestas. El desconocido no le dio su nombre, ni explicó de qué cártel era ni cuánto el monto demandado. Raúl Rocha me aseguró que, asustado, se fue de inmediato de su local.

Unos días después, sonó su celular. La llamada provenía del quinto vehículo que aparece en el video divulgado por las autoridades de Nuevo León para explicar qué fue lo que sucedió la desgraciada tarde del jueves pasado. Los primeros cuatro eran de Los Zetas, según el gobernador Rodrigo Medina. Pero del quinto vehículo nadie había dicho nada.

El quinto vehículo, reveló Raúl Rocha, era de su mamá. Una señora con glaucoma que apenas conserva una visión del 25 por ciento, y que le marcó para alertarle que unos hombres armados estaban atacando su casino. “No te creo, mamá”, le contestó Raúl Rocha, según su testimonio, “estoy a cinco minutos”. El dueño y representante legal del Casino Royale estaba a punto de llegar a su empresa.

Por teléfono, Rocha Cantú me sostuvo que estaba ahí a la hora del siniestro. Que escuchaba los gritos de desesperación de quienes estaban adentro, atrapados, buscando una salida, muriendo. Que no podía entrar a ayudarles porque humo y fuego se lo impedían. Que recibió dos o tres llamadas en ese lapso para informarle de lo que sucedía en su negocio. Que a todos les contestó que él estaba viéndolo con sus propios ojos. Hasta que las llamadas empezaron a ir en otro tenor: le sugirieron que se fuera de ahí, que desapareciera. Y les hizo caso.

Raúl Rocha dice que tiene miedo. No del proceso de la autoridad en su contra, sino de que lo maten los narcotraficantes. Que por eso está escondido. Jura y perjura que es mentira que no había salidas de emergencia, que no es cierto que una de ellas era falsa y al abrirla se topaba con muro, que tenía todos sus permisos en regla. Promete que se presentará ante las autoridades, pero no sabe cuándo.

Dice en su defensa que esto no fue contra él por no pagar una extorsión (presume que él nunca la pagaría porque “ese dinero luego sirve a los narcotraficantes para comprar armas y seguir haciendo daño”), sino como un mensaje a todos los empresarios de Nuevo León que, atemorizados porque en sus negocios se repita el fuego del casino, cedan a las peticiones de los delincuentes.

Esto fue lo que me contó por teléfono ayer por la mañana. Es su versión. Una pieza, hasta ahora desconocida, de un rompecabezas que revuelve el estómago.



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