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Economía Informal | Macario Schettino

El consumo

Macario Schettino se dedica al análisis de la realidad, en particular la de México, desde una perspectiva multidisciplinaria: social, políti ...

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Martes 23 de agosto de 2011

Excesiva, supongo que quieren decir. Se afirma que las personas compran más de lo que necesitan, y por eso tenemos problemas con la economía. Incluso se llega a decir que este consumo excesivo es producto de un “modelo” que parte de la mercadotecnia y la publicidad.

En realidad, el consumo no es producto de ningún modelo, ni es forzado por la publicidad o la mercadotecnia. Es un fenómeno natural de los seres humanos que, de hecho, es el origen del valor. Es decir, en lugar de ser un problema, el consumo es la principal fuente de riqueza.

Los seres humanos, como cualquier otro animal, estamos interesados en mantenernos vivos y en reproducirnos. En nada más. Debido a que podemos pensar (no me detengo a comentar qué exactamente es eso), somos conscientes de la muerte, y en nuestro intento de superarla, construimos ideas y objetos que estén cuando nosotros ya nos hayamos ido. En eso ocupamos nuestras vidas: en mantenernos vivos, en reproducirnos y en superar la muerte, aunque sea de forma virtual.

Esos tres objetivos exigen de nosotros el consumo de una gran cantidad de bienes. Hace decenas de miles de años, bastaba dedicarle unas horas al día a recolectar frutas, nueces y mariscos, o a buscar cadáveres, para con ello mantener la vida. Una vida breve, con reproducción muy difícil. Uno de cada cuatro nacidos no cumplía cinco años. Hace poco más de diez mil años, logramos establecer la agricultura, no sólo por la domesticación paulatina de algunos pastos (cereales), sino por la construcción de instrumentos culturales que nos permitieran vivir en grupos mayores a cien individuos, algo indispensable para que la agricultura tenga sentido. Este nuevo consumo trajo consigo una menor esperanza de vida, en parte por la inferior calidad nutricional de los cereales, y en parte por las enfermedades producto del sedentarismo (es decir, de los animales que empezaron a vivir con nosotros, desde las gallinas hasta las ratas). Pero, a pesar de la menor estatura, de las enfermedades, y de la dificultad de vivir en grandes grupos, los humanos preferimos esa nueva forma de consumo. Desaparecieron los cazadores-recolectores, y prácticamente todos fuimos agricultores.

Por los siguientes 10 mil años, fuimos mejorando las técnicas asociadas a la producción agropecuaria, y fueron apareciendo algunos productos que las personas deseaban. Todos esos productos están asociados a los tres objetivos del ser humano: mantenerse vivo, reproducirse, y superar a la muerte. Todo aquel que podía pagarse una mejor comida, o afeites, perfumes y joyas, o amuletos, lo hacía. Y nadie los obligaba a hacerlo, por el contrario: es natural en el ser humano buscar esa mejor situación. Si acaso, el problema era cómo poder pagarse esos “lujos”. Desde entonces, la forma es la misma: o tiene uno más recursos para producir (más tierra en aquel entonces), o tiene uno forma de quitarle a alguien esos recursos (por la fuerza, sea física o “institucional”), o tiene uno forma de convencerlos de que los entreguen por las buenas (haciéndolos pensar que uno es superior, como lo han hecho hechiceros, religiosos y uno que otro filósofo).

Pero como la gran mayoría del valor agregado provenía de la tierra, recurso muy limitado, se hacía muy difícil incrementar la producción al ritmo que lo hacía la población. Enfermedades, guerras y hambrunas resolvían el problema cada cierto tiempo. A diferencia de lo que ocurre hoy, las crisis de entonces se llevaban consigo a un porcentaje nada despreciable de la población. No era cosa de perder el empleo, sino la vida.

Desde hace doscientos años, poco más o menos, las cosas son muy diferentes. Aprendimos a producir de forma distinta, incrementando de forma notable el valor. Primero mejoró significativamente la producción de telas, el transporte, y el manejo de los metales y cerámicas. Esto permitió que muchas personas pudieran comprar cosas que antes sólo unas cuántas compraban. No porque los obligara nadie, sino porque era posible.

La espiral tecnología-producción-consumo ha permitido que en esos doscientos años, la población mundial crezca a más de 7 mil millones de humanos, todos consumiendo más que hace doscientos años. Las tragedias por enfermedades y hambrunas no han desaparecido, pero son mucho menos frecuentes, y cuando ocurren, es por incapacidad de los Estados, no por escasez natural. Las guerras, desafortunadamente, no se acaban.

Pero lo importante es hacer notar que el consumo es el que ha determinado todo ese proceso. Las personas compran lo que quieren comprar, y quien produce eso gana mucho dinero. Lo que las personas no quieren, no se vende, y quien lo produce pierde todo. Como lo hemos hecho en toda nuestra historia, seguimos comprando las cosas que nos permiten mantenernos vivos, reproducirnos y escapar de la muerte. Por nuestro origen, nos gusta comer cosas dulces y saladas, grasa y proteína animal, y mucho pan o tortilla. Pero ahora ya no tenemos que recorrer kilómetros para recoger fresas, ni perseguir animales por varias horas. Basta caminar al refri, y asunto resuelto. De ahí la obesidad. Nos gusta intoxicarnos, y por eso el consumo de tantas “drogas”, desde el café y el té, el chocolate, el alcohol, tabaco y todo lo que está prohibido.

Y además, nos gusta ser reconocidos por los demás, pero al mismo tiempo ser parte de ellos. Y por eso compramos lo mismo que los otros, pero un poquito diferente. Es también parte de nuestra dotación natural, como simios que vivimos en comunidades, cada uno con más o menos voluntad de convertirse en macho (o hembra) alfa.

Es eso lo que determina el funcionamiento de las economías, no al revés. No es la producción, ni la tecnología, que sólo tienen sentido cuando las personas deciden comprar. Pensar en la tecnología o la producción como el motor de las economías ha llevado a muy serios errores, como le ocurrió a Marx, a Veblen, y a muchos otros. Pero también esta confusión es natural en los humanos, y por eso volvemos a ella con tanta frecuencia. Más sobre ello, el jueves.



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