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Atando cabos | Denise Maerker

El problema no es que gane el PRI

Realizó sus estudios profesionales en Ciencias Económicas y Sociales en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, la Maestría en Cienci ...

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Miércoles 06 de julio de 2011

Que el PRI gane no es sinónimo de involución democrática. Aquí dije el lunes que el retroceso democráticoque se percibe es independiente de los resultados y no causa de ellos. Muchos mexicanos votaron el domingo libremente por ese partido. Mal haríamos en decir o pensar lo contrario. Mucho se ha criticado, y con razón, que se considere democrático un proceso sólo cuando el ganador es el que a uno le gusta. Si se es demócrata, hay que aceptar que cualquier partido puede ganar, de lo contrario incurrimos en el error en el que han caído tanto panistas como perredistas en los últimos años y que tanto daño le ha hecho al país. En el PAN pasaron de anatemizar en el 2006 a López Obrador por ser “un peligro para México” a advertirnos de que si Peña Nieto y el PRI ganan en el 2012, son las matanzas de estudiantes y los acuerdos con el narco los que vuelven. En el PRD de López Obrador es muy claro: o son ellos los que ganan o es la mafia la que avanza gracias a prácticas nauseabundas y maléficos complots.

En este país hemos aprendido a contar los votos y a que esos votos cuenten a la hora de decidir quién gobierna, pero eso no quita que nuestra democracia sea hoy una democracia de baja calidad. La involución no radica en quién gana, sino en la calidad del proceso en su conjunto: las reglas que no se cumplen, el uso de recursos públicos, la falta de debate, el énfasis en el reparto de bienes y de promesas asistencialistas como medio para obtener votos. Prácticas que no son un obstáculo invencible como lo demostraron las victorias de Gabino Cué en Oaxaca, o de Malova en Sinaloa, ni exclusivas de un solo partido.

Pero más allá de estas prácticas hay indicadores de un deterioro:

*No hay partidos competitivos. Catorce años después de la primera alternancia en el Distrito Federal y de que el PRI perdiera la mayoría en el Congreso, el PAN y PRD no tienen cuadros propios y han demostrado que sólo ganan cuando van juntos y con un candidato recién salido de las filas del PRI.

La verdad es que la lucha descarnada y suicida que emprendieron desde los albores del foxismo acabó debilitándolos a ambos y alejándoles de parte importante del electorado. El desafuero emprendido por Fox; las pullas cotidianas de López Obrador desde el púlpito de sus conferencias mañaneras; el eslogan del peligro para México; el plantón en Reforma, la presidencia legítima, la toma de posesión entre gritos y silbatazos, episodios todos de una batalla descarnada que dividió a México y que a ellos los dejó exangües.

*Las derrotas no se aceptan. Una condición indispensable en una democracia es el consentimiento del perdedor: al reconocer la victoria de un adversario se reconocen las reglas básicas del juego y por lo tanto la legitimidad del sistema en su conjunto. Nadie pide que no se denuncien los gastos excesivos o el uso de recursos públicos, pero cuestionar el proceso en su totalidad cada vez que se pierde es minarlo progresivamente.

*Un líder antisistema. Que uno de los líderes más populares del país y que cuenta con un arrastre importante entre la población juegue de facto contra las instituciones es otro de los elementos que explican el deterioro. Es él o la mafia y la mafia es la traición, en sus palabras: “el regreso del PRI sería como el retorno de Antonio López de Santa Anna… y terminaríamos como esclavos en nuestra propia tierra”. Para él, los otros no pueden ser adversarios sino enemigos porque son los que buscan “seguir aplastando a los mexicanos y seguir hundiendo al país”. Cualquier derrota de López Obrador o de sus candidatos y amigos es sólo la prueba de la inexistencia de la democracia.

*Todos hacen lo que pueden y no lo que deben. Los gobernadores se apoderan porque pueden de los Institutos Electorales de sus Estados, y los grandes actores de la política nacional se pelean sin pudor, porque pueden, los asientos en el IFE. Y si conviene y se puede, no dudan en cambiar las reglas electorales de última hora.

Quizá no es para desgarrarse las vestiduras. Ayer en su columna, el gran Gil Gamés recordó la frase de Edmundo O´Gorman: “la historia no avanza en línea recta hacia delante; muchas veces da saltos y no pocas veces hacia atrás”.

Así es, sin duda, igual hoy el panorama no es alentador.



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