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Atando cabos | Denise Maerker

Japón, segunda llamada

Realizó sus estudios profesionales en Ciencias Económicas y Sociales en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, la Maestría en Cienci ...

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Lunes 14 de marzo de 2011

Japón es un espejo en el que no podemos dejar de vernos. Lo fue también Chile hace un año cuando un terremoto de 8.8 azotó ese país. Y ¿qué hemos visto? En ambos casos la demostración fehaciente de que los gobiernos y sociedades de esos países estaban preparados: que sus normas de construcción fueron un éxito porque sus edificios resistieron, que la mayoría de los ciudadanos sabía lo que tenía que hacer, que en los edificio japoneses había cascos disponibles para todos, que la evacuación se hizo sin pánico y que a pesar del desabasto no ha habido pillajes. Si Japón hoy sufre, y si en Chile se perdieron 525 vidas, es porque en ambos países al temblor le siguieron tsunamis que arrasaron en minutos con poblaciones portuarias.

Y nosotros, ¿qué hemos hecho y qué tan preparados estamos? ¿Usted duerme con un par de zapatos al alcance de la mano? ¿Ha fijado un determinado lugar de reunión junto con sus familiares en caso de catástrofe? ¿Tiene a la mano un teléfono celular, linterna, botella de agua y cerillos? ¿Ya sabe en qué lugar preciso va a protegerse si no le da tiempo de salir? Si vive en casa propia, ¿la tiene asegurada en caso de temblor?

El año pasado, el 7 de junio, en la portada de EL UNIVERSAL apareció una nota que se titulaba: “El temblor que viene”. Decía: “Lo que el Servicio Sismológico Nacional sí sabe del temblor que viene es que el epicentro muy probablemente se originará en la llamada Brecha de Guerrero, que desde 1911 no libera energía. Que rebasará los 7.5 grados. Que tardará casi un minuto en llegar al Distrito Federal, pues el epicentro está a 300 kilómetros de distancia entre Ixtapa Zihuatanejo y Acapulco. Que el mismo impacto se sentirá en la Diana de Acapulco que en la Diana Cazadora de la ciudad de México. Que quienes se encuentren en una zona blanda, como Iztapalapa o la colonia Roma, lo sentirán 40 veces más que quienes se encuentren en zona rocosa, como ciudad Universitaria o en San Jerónimo”. La fuente era Carlos Valdés jefe del departamento del Servicio Sismológico Nacional.

La nota me pareció alarmista y ese mismo día le marqué para platicar con él en radio, imaginaba que se habían exagerado sus declaraciones. Estaba equivocada, en la conversación Valdés fue aún más contundente: los estudios del Servicio Sismológico les permiten decir que las posibilidades acumuladas de que ese temblor ocurriera ese día eran del 90% y que lo serán del 99% en diez años. Lo mismo han declarado otros especialistas como Raúl Valenzuela Wong, investigador de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es decir, no tarda.

Han pasado 26 años del sismo que sufrió la ciudad de México en 1985 y a la luz de lo que hemos visto en Chile y en Japón no podemos honestamente decir que estamos preparados. Hay una responsabilidad individual y familiar, desde luego, pero también gubernamental. Elías Moreno Brizuela, secretario de Protección Civil del Distrito Federal, aceptó hace poco que “hasta la fecha hay 117 edificaciones que siguen en pie a pesar de los graves daños que sufrieron en sus estructuras en los sismos de 1985” y que otras muchas edificaciones “podrían colapsar por estar construidas en barrancas o terrenos irregulares”. La alerta sísmica que nos daría a los habitantes de la ciudad entre 45 y 60 segundos para prepararnos sigue sin poder ser escuchada en toda la ciudad, habría que traer la radio prendida día y noche o tener la suerte de estar en ciertos lugares cuando tiemble.

La información ahí está, las consecuencias de la inacción serán inadmisibles.



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