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Bajo microscopio | Eduardo Brizio

“Sabe a jabón, pero es queso”

El ex árbitro profesional conoce el comportamiento del futbolista dentro y fuera del campo de juego. Gusta de escribir de forma amena las innu ...





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Hay que destacar la acción de aarón padilla al disculparse tras dar una declaración; desafortunadamente no ocurrió lo mismo con michel bauer

Viernes 21 de enero de 2011

Quien comete un error y se niega a reconocerlo, automáticamente está cometiendo otro y más grave aún.

Esto viene a cuenta, en virtud de que Aarón Padilla, titular de la H. Comisión de Árbitros, tuvo la hombría y la calidad humana para reconocer que se había equivocado al decir: “No hay que hacer declaraciones con la cabeza caliente, porque se dicen muchas estupideces”. Con sus palabras, el famoso Gansito bien pudo herir algunas susceptibilidades, sobre todo la de Michel Bauer, ya que se trataba el tema de la suspensión del directivo aguilucho, cuando tuvo el infortunio de pronunciar las palabras que luego de consultarlo con la almohada, motivarían su disculpa.

Aunque no faltará por ahí quien se atreva a aseverar que lo que ocurrió fue que los jerarcas de la Federación Mexicana de Futbol —regaño de por medio— obligaron a don Aarón a pedir perdón al dirigente, lo cierto es que ahí queda un acto de humildad, en el que incluso pide para si mismo, en el caso de que así lo amerite, la sanción correspondiente. Este tipo de provocaciones son inadmisibles en nuestro querido deporte, sobre todo cuando son proferidas por quien dirige a los jueces. Un aplauso para Padilla, aunque la verdad sea dicha, a pesar de su viril actitud, debería recibir el correctivo correspondiente y no dejar que, como siempre, el incidente quede cubierto con el manto de la impunidad y el olvido.

En contraste, el mandamás de los de Coapa, al enterarse de que fue sancionado económicamente con la obligación de pagar 120 mil pesos por haber dudado de la honestidad de los otrora hombres de negro —tras el duelo de la primera fecha entre el América y el Pachuca— reaccionó diciendo: “No me voy a callar, cada que nos veamos afectados voy a levantar la voz”, implicando que el castigo, lejos de lograr su disuasivo propósito, “ni a melón le supo” y lo único que hizo fue acrecentar sus pasiones. Además aclaró que “lo que había dicho [sobre los silbantes] no la había hecho con la cabeza caliente”. ¡Órale!

Sin duda, ambos personajes se equivocaron al “olvidar lo ingrata que es la lengua cuando se atreve a prometer y a asegurar”. La única diferencia fue que uno supo reconocer su equívoco y el otro, a pesar de todas las críticas que ha recibido, sigue pensando, o aparentando pensar, que su proceder es el adecuado.

Esta penosa situación me recordó el cuento aquel en que unos necios compadres discutían sobre si un trozo amarillento era jabón o era queso. Para terminar con el debate, decidieron probarlo. El primero, al saborearlo, tajante afirmó: “Es jabón, compadre”. El otro, incrédulo, también procedió a paladearlo, luego de unos instantes, se tomó el atrevimiento de decir: “Efectivamente, compadre… sabe a jabón, pero es queso”.

 



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