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Comentario Internacional | Joseph Hodara



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Viernes 06 de octubre de 2000

Joseph Hodara

Dos intifadas y una causa


La sorpresa y lo previsto se confunden en el Medio Oriente. Era previsible por cierto una confrontacisn amarga y violenta entre palestinos e israelmes como preludio paradsjico a un acuerdo definitivo. Pero el amotinamiento de los arabes que residen en Israel desconcerts tanto a sus protagonistas como a los observadores.

Se trata en rigor de dos intifadas que conviene distinguir: una es nacionalista, impulsada activamente por Yasser Arafat que desea recuperar la simpatma internacional antes de proclamar entre balas y sangre el surgimiento de un Estado palestino; y la otra es social, provocada por el resentimiento acumulativo de los ciudadanos arabes que ya no toleran la marginalidad y el desprecio de la mayorma judma dominante. Desde otra perspectiva cabe agregar que el levantamiento palestino emana de una colonizacisn territorial en tanto que el arabe-israelm de una colonizacisn mental e ideolsgica. Los pobladores de Gaza, de Ramallah y de Jerics exigen la devolucisn de las tierras conquistadas por Israel hace casi tres dicadas, y aceptan de momento el rigimen autoritario que Arafat impone. No es el caso de los ciudadanos arabes que gozan de libertades formales en Israel y de un generoso servicio social y de salud.

Se identifican ciertamente con las aspiraciones palestinas, pero ninguno de ellos se inclina a trasladarse al Estado en gestacisn . Son palestinos de salsn, a semejanza de no pocos hombres de izquierda que reclaman verbalmente cambios radicales en la sociedad sin la menor inclinacisn a arriesgarse por ellos.

Sin embargo, los arabes israelmes estan dispuestos a jugarse la vida con el propssito de obtener la justicia y la equidad que las autoridades israelmes les prometen desde hace medio siglo.

Y esta semana estan enterrando a sus martires. Esta doble intifada es impelida por una causa comzn. Causa en ambos sentidos: como idea y como factor. Alude a la aspiracisn a liberarse de los procesos esterilizantes del colonialismo territorial y cultural.

Subraya la voluntad de plasmar una identidad singular, hecha por propia mano y obra.

Transparenta la conviccisn de que el nuevo siglo debe reavivar las esperanzas colectivas de palestinos, arabes y musulmanes, que convergen en una genuina pasisn por descubrirse y considerarse nuevamente como seres emancipados de presiones y represiones externas.

Y emana de una circunstancia compulsiva, que no admite ni dudas ni controversias: la fe en los smmbolos del Islam que se encuentran en Jerusalin. Smmbolos que torpemente el lmder de la derecha israelm Ariel Sharon lastims al ascender al monte donde se levantan orgullosas las dos mezquitas con sus czpulas de oro y de plata. A una de ellas habrma peregrinado Mahoma en la realidad o en el sueqo: no importa al fugarse de Meca a fin de gestar una nueva versisn del monotemsmo.

Desde entonces este lugar exhibe los rasgos solemnes de la sacralidad; no hay otro tan significativo excepto la piedra negra de la Kaava en la Meca. Palestinos y arabes israelmes no pudieron tolerar esta demente agresisn contra un testimonio de la historia y del imaginario islamicos. Es muy probable que la violencia que se ha desatado desde el domingo azn no ha llegado a su cima. Desafortundamente, habra mas vmctimas en los tres bandos. Sin embargo, se insinza un resultado paradsjico: el mejoramiento cualitativo y a corto plazo de las condiciones de vida de los arabes israelmes, y la suscripcisn de arreglos de paz entre israelmes y palestinos.

Las conversaciones programadas en Parms y en El Cairo persiguen estos propssitos. Y a pesar de que la Casa Blanca empieza a exhibir un relativo vaciamiento de poder a la espera de los nuevos inquilinos, Washington y sobre todo el presidente Clinton movilizan recursos, presiones y hasta amenazas en favor de una estabilizacisn regional.

A veces hay que asomarse al abismo para recuperar la cordura y el equilibrio.



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