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Plan B | Lydia Cacho

Los glúteos de Ale Guzmán

Mi nombre es Lydia Cacho Ribeiro, nací en 1963 en el Distrito Federal. Soy periodista y escritora. Desde hace 21 años vivo en Cancún desde d ...

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Lunes 12 de octubre de 2009

No es una broma. Alejandra Guzmán la cantante pop mexicana está hospitalizada con un problema de salud grave.

Hace unos meses acudió a un esteticista para que le hiciera una infiltración de biopolímeros y metacrilatos en los glúteos, con la finalidad de rellenarlos y levantarlos. La cantante buscaba que su trasero luciera duro, sin la natural flacidez que la edad impone a pesar del ejercicio.

La presión social y mediática para mantener una apariencia juvenil puede costarle la vida y ya ha perjudicado la salud a millones de mujeres en el mundo. Particularmente en Latinoamérica cientos de cosmetólogos y médicos esteticistas, y en algunos casos malos cirujanos plásticos, hallaron una mina de oro en la obsesión por mantener la falsa juventud a bajo precio. No cualquiera puede acudir a una o un médico especialista que cobra sumas elevadas por llevar a cabo una cirugía segura o por inyectar productos aprobados por las autoridades de sanidad para uso humano.

Lo que llaman bioimplantes, implantes tisulares o de “células expandibles” no son otra cosa que microesferas de metacrilato en una suspensión de dimetilpolisiloxan, es decir derivados de silicona, la misma que en los años 70 causó innumerables muertes por cáncer a mujeres con implantes. Pues ahora los seudoespecialistas en México cometen el delito de inyectar estos productos ilegales sin que las autoridades sanitarias intervengan. Quienes se inyectan estos productos lo hacen por su bajo costo y falsas promesas. El resultado real son deformaciones, infecciones e incluso tumoraciones que pueden, como en el caso de la cantante, infiltrarse a la columna vertebral o causar daños irreparables en el sistema nervioso.

Cada año se llevan a cabo 11.7 millones de intervenciones estéticas en Estados Unidos, el país que ha generado esta cultura de la obsesión con la apariencia y la juventud a cualquier costo. La herencia de esa cultura llegó a América Latina para quedarse, de allí que cada vez más farsantes, tengan o no cédula profesional médica, medran con esta obsesión. No son sólo mujeres; durante el 2008 aumentó 30% la demanda de hombres para hacerse todas las formas de intervención estética (desde inyección de botox, hasta implantes de cabello y cirugía de ojos y cuello).

Está claro que cada quién elige lo que hace con su cuerpo y que toda intervención médica tiene implicaciones a la salud y riesgos implícitos. Pero también es evidente que hay un vacío legal que favorece la proliferación de charlatanes, con el riesgo que eso implica para sus posibles víctimas. Las inyecciones ilegales de biopolímeros ya se han convertido en un problema de salud publica.

Por todo el país encontramos “clínicas especializadas” que inyectan botox y similares ya caducos y que anuncian fórmulas mágicas de rejuvenecimiento. La recomendación de las y los médicos es muy sencilla; si suena demasiado fácil y barato para ser cierto, es una farsa. Exija información y reflexione.

Los casos del rostro Meg Ryan y de las nalgas de Ale Guzmán muestran dos problemas: el ideológico, que antepone la apariencia al talento y las virtudes artísticas, y el pragmático de quienes medran con la cultura antiedad de manera ilícita.



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