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Economía Informal | Macario Schettino

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Martes 15 de septiembre de 2009

Hoy se cumple un año del inicio de la Gran Recesión. El lunes 15 de septiembre de 2008 los mercados amanecieron con la quiebra de Lehman Brothers, que durante el fin de semana había hecho esfuerzos desesperados por sobrevivir, incluyendo varias peticiones al gobierno estadounidense para ser rescatada.

No fue el primer problema financiero en Estados Unidos, puesto que desde inicios de 2006 la burbuja inmobiliaria había empezado a derrumbarse, y varias instituciones habían entrado en problemas muy graves en los siguientes meses. Para 2008, prácticamente todo el sector financiero involucrado en los bienes raíces estaba en problemas graves, y el gobierno empezó a rescatar a las grandes hipotecarias. En julio, también se rescató a un banco de inversión, Bear Stearns. Por eso mismo, en algún momento el gobierno estadounidense tendría que rechazar un rescate, y fue Lehman la de la mala suerte.

Con la quiebra de ese gran banco de inversión inició la crisis global, que muy pocos entendieron desde el principio. México fue el primer país en realizar un ajuste en su presupuesto para el año siguiente, pero lo hizo subestimando el tamaño del problema. Las estimaciones del impacto, no sólo en el gobierno sino de la mayoría de los analistas, hablaban de una pequeña caída para 2009. En esta columna anunciábamos una contracción de 6% en nuestra economía que fue recibida con incredulidad. Al mismo tiempo, los catastrofistas de siempre hablaban del fin de Estados Unidos como potencia, sin entender que la crisis no era de ese país, sino del sistema global entero. Finalmente, los globalifóbicos anunciaron el fin de una época, algo que todavía no ocurre, pero algún día ocurrirá.

La crisis ha sido analizada desde muchos puntos de vista, la mayoría de ellos poco útiles, en muchas ocasiones buscando culpables más que tratando de entender el fenómeno. Quienes creen que el Estado debe tener más intervención en la economía concluyeron rápidamente que la crisis era producto de esa ausencia gubernamental en los mercados, es decir, el nefasto neoliberalismo. Lo que nunca ha quedado claro para estas personas es que buena parte del problema que dio origen a la crisis fue causado precisamente por los gobiernos mismos.

En esta columna lo habíamos analizado en varias ocasiones desde el año 2000. El problema tenía que ver con señales inadecuadas del mercado a los consumidores. Señales que el mercado no podía dar precisamente porque el Estado lo impedía. La agresiva política comercial de China, que requería mantener subvaluada su moneda para seguir exportando en cantidades astronómicas, le obligaba a deshacerse de los dólares que obtenía como resultado de esas exportaciones. China decidió invertir en los mercados estadounidenses para ello, provocando una tasa de interés demasiado baja. Después del derrumbe de las torres gemelas en 2001, la Reserva Federal (Greenspan) decide bajar también la tasa de interés de corto plazo para evitar una mayor recesión. La combinación de estas dos decisiones gubernamentales dio como resultado una tasa de interés demasiado baja, que en consecuencia provocó el incremento en el precio de los activos fijos, es decir las casas.

Por eso los estadounidenses veían que las casas subían de precio de manera absurda, mientras que la tasa de interés era también absurdamente baja. Este incremento aparente en la riqueza de las personas les llevó a incrementar su consumo de forma proporcional. La burbuja puede verse en el comportamiento financiero de los hogares, que reducen su ahorro a cero e incrementan su deuda aceleradamente a partir de 2000. Entre ese año y 2008, los hogares estadounidenses tienen un exceso de consumo por sobre su ingreso que suma 20% del PIB de ese país. Ésa es la crisis y ése es el tamaño del rescate financiero que hubo que hacer.

Hay detrás del problema una gran cantidad de fenómenos que, sin ser la causa final del problema, sin duda lo agravaron. La manera en que se manejaron las hipotecas, la construcción de paquetes inmobiliarios, la emisión de Credit Default Swaps (CDS) que nadie entendía ni podía evaluar, la consiguiente explosión en derivados. En todos estos casos, se puede pensar que más regulación impediría que estas cosas ocurrieran. Esto no es necesariamente cierto, ni tiene que ver nada con la crisis, como explicamos arriba. Pero para quienes temen al mercado, estos problemas han sido los sospechosos de siempre.

En México hemos tenido otros problemas. Primero, que nuestro gran cliente dejó de comprar, y por eso nuestra industria cayó casi como la de ellos. Segundo, que tenemos una economía todavía muy centrada en la industria, y por eso el impacto en el PIB es mayor en México, aunque el impacto en la industria es mayor en Estados Unidos. Tercero, que a varios genios financieros en nuestro país se les ocurrió apostar por la revaluación del peso durante 2008, llevando a sus empresas al borde de la quiebra.

Como quiera que sea, la Gran Recesión inició hace un año, y llegó al fondo en primavera. Las cosas se van acomodando, y tendremos una recuperación moderada, que no podrá alcanzar los niveles de consumo previos porque esos niveles de consumo eran absurdos: respondían a unas decisiones gubernamentales, chinas y estadounidenses, que era insostenibles. La Gran Recesión terminó, y es momento de poner atención a otras cosas.

En Estados Unidos, el tema ahora es cómo financiar los siguientes veinte o treinta años, y por eso el sistema de salud está en la mira. En México, el tema es que se acabó el petróleo y necesitamos encontrar una manera de sostener al país, porque desde hace treinta años vivíamos de eso, y los quince previos vivimos de la deuda externa. Eso es lo que hay que discutir, no la Gran Recesión de hace un año, que ya ha terminado.



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