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Acuerdo de emergencia

Académico de la UNAM por 22 años, periodista en medios escritos y electrónicos. Conduce la tercera emisión de “Noticias MVS”, y los pro ...

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Miércoles 09 de septiembre de 2009

El discurso lanzado por el presidente Felipe Calderón la semana pasada debió haber sido el de la toma de posesión en diciembre de 2006, cuando existía una crisis política y no económica en el país. Sin embargo, ni Calderón ni sus interlocutores priístas estaban en posición de discutir cambios profundos a la administración pública federal, mientras el Partido de la Revolución Democrática apostaba por la movilización que suponían derribaría al presidente electo.

Los altos precios del petróleo y la producción de crudo mantenida en un nivel aceptable en ese momento hacían posible la postergación de una reforma de fondo. En casi tres años de gobierno, Calderón consiguió estabilizar las líneas de comunicación política incluso con el PRD que decidió marginar a Andrés Manuel López Obrador de las decisiones centrales del partido.

La crisis económica mundial canceló toda posibilidad de generar cambios en el marco de un crecimiento medianamente sostenido. La debacle financiera estadounidense y sus secuelas económicas arrasaron con cualquier margen de éxito en ese terreno. Todo el país se contrajo fuertemente y su presupuesto estatal petrolizado mostró sus debilidades en toda la línea. La pérdida de empleos y la carencia de divisas obligaron a Calderón a plantear la reformulación de la administración pública en un momento de recesión profunda.

La necesidad de desaparecer secretarías y fusionar instancias administrativas se da en un contexto de emergencia económica y no de planeación normal de un proceso de racionalización de recursos.

La coincidencia de intereses comunes entre panistas, priístas y perredistas responde a una realidad en la que, sin este acuerdo interpartidista, toda la estructura productiva terminaría por paralizarse, golpeando igualmente al gobierno federal, gobernadores, empresarios, obreros y ciudadanía en general.

Los mensajes emitidos por los actores políticos en estos días hablan del grado de emergencia en el que se encuentra el país, y de la posibilidad real de alcanzar un acuerdo de gran amplitud por primera vez en la historia democrática del país. Más allá de cambios en el gabinete, cuya necesidad es impostergable, de lo que se trata es de romper con inercias y herencias de un burocratismo heredado del régimen autoritario.

Si Calderón consigue articular un presupuesto consensuado entre las fuerzas políticas, y delinear un nuevo modelo de relación entre Ejecutivo y Legislativo, podremos empezar a ver la luz al final del túnel; de lo contrario, la inercia terminará por hundirnos en una crisis peor de la que importamos de nuestro vecino del norte.



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