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Economía Informal | Macario Schettino

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Martes 24 de febrero de 2009

Desde quienes consideran que hubo fallas de regulación en los mercados financieros que provocaron la crisis, hasta quienes ven en ella el fin del odiado capitalismo, pasando por los proteccionistas de todo signo político, los estatistas y otros grupos similares.

Este fenómeno no es exclusivo de México, no tendría por qué serlo. Puesto que la crisis es global, la respuesta también. En Estados Unidos se impulsa la frase buy American en la misma lógica en que nosotros teníamos aquélla de “lo hecho en México está bien hecho”. Se trata de promover la compra de lo nacional, porque se cree que eso impedirá una mayor caída de la economía. Ya que se comprará poco, pues que sea lo nuestro.

Desafortunadamente, esta idea es incorrecta, aunque sea intuitiva. Si cada país decide comprar sólo lo que produce, todos acabamos peor. Es decir, en lugar de impedir la caída, ésta se profundiza. Así ocurrió cuando la Gran Depresión, a inicios de los años 30, y así ocurrirá ahora, si estas ideas tienen éxito.

El funcionamiento de la economía no es siempre intuitivo. Es más, en muchas ocasiones no lo es. Si ahorrar resulta buena idea para una persona, uno pensaría que igualmente lo es para una sociedad, pero esto no es correcto. El ahorro no es tan buena idea como uno se imagina, porque ahorrar significa retirar dinero de la economía. Sólo si ese dinero regresa a través de inversión productiva, el ahorro ayuda, pero no es común que así sea. En muchas ocasiones, el ahorro acaba financiando la deuda del gobierno, o peor, se convierte en fuga de capitales, y la economía pierde.

Otra idea intuitiva es que el superávit del gobierno es bueno, porque el superávit es bueno para una persona. Si usted gana más de lo que gasta, lo que le sobra, el superávit, le sirve para guardarlo, o para comprar algo que le gusta. Pero si el gobierno gana más de lo que gasta, lo que hizo fue quitarle a la sociedad más recursos de los que le devolvió, provocando una contracción económica. Sólo tiene sentido el superávit del gobierno cuando se quiere corregir un desequilibrio previo, como una inflación elevada, por ejemplo.

La mayoría de las personas se aproxima a la economía a través de su intuición. Lo que le suena razonable es lo que cree que es correcto. En ocasiones, esta intuición es correcta, pero como vemos en los ejemplos anteriores, no es así siempre. En el caso del comercio exterior, estas intuiciones suelen ser siempre erróneas, porque es muy difícil entender, con puro sentido común, cómo es que funciona esto.

De hecho, cuando el mundo empezó a crecer, hace ya más de dos siglos, nadie entendía bien el funcionamiento del comercio internacional, y la práctica más común era tratar de impedir la salida de metales preciosos de la nación. La idea detrás de esto era que lo valioso eran el oro y la plata, de forma que eso era lo que debería mantenerse en el país. Para lograrlo, había que impedir las importaciones lo más posible, pero tratar de exportar. Cuando todos los países quieren hacer esto, nadie puede exportar, porque nadie permite importar. Al impedirse el comercio, quien sufre es el consumidor, que tiene que comprar sólo lo que su país produce, que no necesariamente es ni lo mejor, ni lo más barato. Así ocurrió en el siglo XVIII con esta idea que hoy llamamos “mercantilismo”, y así ocurre, aunque peor, en épocas más recientes.

Digo que peor porque ahora ya no se trata sólo de comerciar productos terminados, sino que la mayoría del comercio tiene que ver con insumos industriales. Cuando usted compra una computadora, por poner un ejemplo, está adquiriendo partes de muchos países distintos, que tal vez se ensamblaron finalmente en uno solo. Lo mismo ocurre con las televisiones, o los autos, o lo que se le ocurra. Si en este momento cerráramos las fronteras en todas partes, ya no podríamos armar autos, porque el motor se hace en un lugar, los frenos en otro, los cables en uno más.

Prácticamente desde que inicia la forma actual de producir hay grupos a los que no les ha gustado. Primero, por ese movimiento de los metales preciosos que le comentaba. Después, porque el uso de las máquinas impedía el trabajo de las personas, según se veía a inicios del siglo XIX. Luego, porque los capitalistas explotaban a los obreros, que fue una idea común desde mediados de ese siglo. Más recientemente, porque los países ricos explotan a los pobres, como hemos siempre creído en América Latina. Hay quienes se han opuesto de plano a esa forma de producir, e intentaron crear otra distinta, el comunismo, que resultó un fracaso terrible. Hay otros que no se oponen por completo, pero que rechazan ciertas cosas que consideran dañinas. Entre estos últimos hay grupos que no quieren el comercio internacional, hay quienes no quieren a los financieros, hay quienes creen que el Estado debe dirigir la economía para que no beneficie a unos cuantos sino a todos.

Es muy difícil convencer a estos grupos de que viven en el error, porque su intuición les dice que están en lo correcto. Y aunque la teoría económica y los datos muestren lo contrario, les es muy difícil ir en contra de algo que les suena lógico. Sus creencias, aunque no tengan fundamento, son suyas. Nada hay de excepcional en esto, porque los humanos estamos hechos para creer. Lo grave ocurre cuando quienes se dedican a estudiar economía tampoco pueden salir de la simple creencia. En América Latina, nos sobran, pero tampoco somos exclusivos en ello. Estos economistas acaban fomentando una mayor confusión en la población, pero tampoco es fácil discutir con ellos, porque los datos no suelen gustarles mucho. Salvo los que coinciden con sus creencias.



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