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El mundo según Guerra | Gabriel Guerra Castellanos

El triunfo de los halcones

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una ampl ...





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Viernes 13 de febrero de 2009

No me refiero ni a los que destazaron a nuestros indefensos ratoncitos ni a los que impunemente atacaron estudiantes en 1971, sino a los que aparentemente se han impuesto en el recién concluido proceso electoral israelí.

A pesar del intenso cierre del centrista partido Kadima, cuya dirigente Tzipi Livni tendrá una mínima ventaja de un escaño en la Knesset, o parlamento, israelí, todo parece indicar que no podrá armar una coalición que le asegure una mayoría estable y por lo tanto la oportunidad de conformar el próximo gobierno será para el derechista Benjamín Netanyahu, quien ya alguna vez ha ocupado el cargo de Primer Ministro.

Netanyahu representa al tradicionalmente derechista partido Likud, que durante décadas dominó —junto con su contrincante socialdemócrata, el Partido Laborista— el escenario político-electoral de Israel, hasta que una fractura interna dio pie al surgimiento del más moderado Kadima.

El sistema electoral israelí siempre ha privilegiado el peso de los partidos pequeños, que sólo requieren de un 2% de la votación para entrar a la Knesset y que son numerosos y variopintos. Históricamente, los partidos religiosos han sido fieles de la balanza a la hora de la búsqueda de alianzas para formar mayorías parlamentarias, ya que los partidos grandes siempre han tenido que armar coaliciones, pero con el paso del tiempo la variedad y diversidad de los partidos pequeños ha conducido a un virtual estado de ingobernabilidad.

Fueron 34 los partidos que buscaron presencia parlamentaria en estas elecciones, y si consideramos que la Knesset sólo tiene 120 escaños nos daremos cuenta de lo absurdo que resulta un sistema de representación proporcional que no sólo condena a los partidos grandes a una subrepresentación, sino que además otorga un peso desproporcionado a los más pequeños, cuyas agendas y objetivos son con frecuencia no sólo marginales sino a veces incluso ridículamente estrechos.

Uno de esos partidos, Israel Beitenu (Israel es nuestro hogar) creció de manera sorprendente y logró, a partir de una plataforma de extrema derecha y de posturas irreductibles frente a los palestinos, un resultado asombroso: 15 escaños que le convierten en la tercera fuerza política, solo después de Kadima con 28 y Likud con 27, relegando de forma humillante a los Laboristas que se quedaron con 13.

Ya sumando a los partidos más pequeños tenemos que el campo derechista cuenta con unos 65 escaños frente a Kadima y los partidos a su izquierda, que suman 55.

El significado de esto no podría ser más claro ni más sombrío para el mal llamado proceso de paz en Medio Oriente: será difícil, si no imposible, que un gobierno israelí formado por Likud, Israel Beitenu y los ultras religiosos acceda a cualquier tipo de concesión frente a los palestinos, quienes a su vez serán sujetos a una intensa campaña propagandística por parte de Hamas y demás radicales que desde ahora afirman la imposibilidad de negociar con la derecha israelí. El pretexto está dado para los duros en ambos campos.

La reciente conflagración en Gaza confirmó lo que ya muchos sabíamos: el conflicto en Medio Oriente es endémico, contagioso, y ataca el sistema nervioso central de todos los involucrados, provocándoles ataques de odio, intolerancia y desprecio por sus contrapartes. La única medicina disponible es la de la moderación, el diálogo y la apertura mental, pero todo parece indicar que esos ingredientes estarán escasos en los tiempos por venir.

Han triunfado los halcones. Ay de las palomas y demás seres vivientes en la región.

POSDATA FUTBOLERA (II)

No son los naturalizados, ni los nacidos en México, ni los uniformes, ni el frío.

Al deporte mexicano, amateur y profesional, le falta estructura, programas de largo plazo, organización y seriedad, por no hablar de transparencia, honestidad y capacidad de trabajo. El futbol es un triste reflejo, tal vez magnificado, de una psique nacional que sólo sabe de atajos, pretextos e improvisaciones.



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