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Obtener, escuchar y clasificar tres discos al día era una hazaña que sólo los más excéntricos melómanos podían realizar; aquellos legendarios rockeros cuyas casas estaban tapizadas por muebles rellenos de discos a reventar

Sábado 03 de enero de 2009

Territorio sonoro

Obtener, escuchar y clasificar tres discos al día era una hazaña que sólo los más excéntricos melómanos podían realizar; aquellos legendarios rockeros cuyas casas estaban tapizadas por muebles rellenos de discos a reventar.

Hoy, gracias a los formatos digitales, no sólo es fácil adquirir tres discos al día; sino que su clasificación ha resultado en una disciplina empírica de compleja devoción.

La facilidad de acceso a la música en la red ha llevado a una sobresaturación del oyente. Las colecciones resultan tan vastas que se vuelven caóticas, eclécticas… inaudibles: junglas de carpetas y subcarpetas pobladas con temas que han sido reproducidos una sola vez, olvidados en recónditas esquinas virtuales y binarias.

En el presente, la música ha dejado de ser algo físico para convertirse en su más puro reflejo: información etérea, sin soporte. Ya es imposible ligar una canción a un objeto en específico, pudiendo ser ésta eliminada, copiada, cortada o modificada sin siquiera tocarla. Los niños de hoy encuentran difícil asociar una canción con una textura, como lo hicieron generaciones anteriores con el frío vinilo negro.

¿En qué racimo de bits se colocan las secuencias de sonidos que despiertan sentimientos profundos, la música favorita? La música se baja directamente a la carpeta de download, desde donde puede tomar varios senderos; puede ser olvidada durante meses hasta que venga una limpia general de la computadora y desaparecerá sin haber dejado mayor huella en el usuario. Puede pasar directamente al reproductor portátil y, dependiendo de la capacidad de éste, puede ser escuchada frecuentemente o perderse —de nueva cuenta— en las vastedades de su interfaz.

Puede ser reproducida directamente desde ahí, formando parte de un océano de archivos clasificados de forma errónea que sólo tienen un orden en la sique del usuario y no dentro de la computadora en sí (resulta curioso que sea éste el método elegido por los adolescentes, en su mayoría; tal vez la falta de orden en sus hormonas se refleja más fehaciente en su vida virtual que en sus caras granosas).

¿Resulta comparable aquella carpeta malpuesta en el fólder titulado “mis imágenes” a ese vinil empolvado que se deslizó hacia atrás del librero?

¿Es correcto usar el término “disco” para una producción musical que consta de cierto número de canciones —o archivos— y se supone que tiene una unidad conceptual pero que, gracias a esta inmaterialidad de la que se ha escrito, carece por completo de forma?

Una cosa sí queda clara; a mayor capacidad, menos música escuchamos.

Rodrigo Nivonog (nivonog@gmail.com) es colaborador de Ibero90.9



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