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Itinerario Político | Ricardo Alemán

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Lunes 15 de diciembre de 2008

Las palabras, los gritos, la indignación parecen haber perdido todo significado frente al México real; el de la violencia incontenible y la terca ineficacia gubernamental.

Al dolor, a la tragedia, a la entereza y a esos policías sociales que han sido María Elena Morera, Isabel Wallace, las familias Gallo y Martí —entre muchos otros héroes anónimos que luchan en todo el país contra la violencia a costa de su propia vida— hoy se sumó otra familia: Vargas Escalera.

Y es que apenas el pasado sábado fueron cremados los restos de la joven Silvia Vargas Escalera, secuestrada el 10 de septiembre de 2007 e identificada apenas horas antes, después de 15 meses de que fue asesinada por sus captores, quienes la sepultaron de manera clandestina luego de cobrar el rescate. ¿Cuántas familias más deben pasar por ese espanto que es el secuestro, la incomunicación indefinida y el asesinato de sus seres queridos para que se detenga esa escalofriante espiral de violencia?

Los políticos se dicen preocupados, expresan condolencias, lamentan los secuestros, las desapariciones interminables, legislan, mientras que los gobernantes prometen y prometen sin más resultados que su buena fe o sus malas mentiras. A su vez, los ciudadanos parecen cansados de los repetidos “¡Ya basta!”, “¡Si no pueden renuncien!”, “¡Por piedad, devuelvan a mi hija!” y los furiosos “¡No tienen madre!”.

Y es que frente al dolor reiterado, a los insistentes gritos de desesperanza, a la recurrencia de la violencia y a la ineficacia oficial, parece que las palabras ya no tienen sentido, ya no dicen nada ni a gobernantes y menos a ciudadanos. ¿Qué debe gritar ahora la sociedad mexicana en conjunto para que los tres órdenes de gobiernos se transformen en oficinas que cumplan su elemental responsabilidad como parte del Estado? Que no es otra que garantizar los bienes y la vida de los ciudadanos.

En el México real parecen agotarse las palabras para sancionar desde la trinchera social la prevalencia del crimen y la incapacidad oficial para contenerlo y combatirlo. Pero también la paciencia social está por llegar al extremo. ¿Qué pensarán miles o millones de mexicanos cuanto en julio de 2009 estén parados frente a la boleta para votar por su nuevo diputado federal, alcalde, jefe delegacional y/o gobernador de su entidad natal?

Está claro que nadie sabe lo que ocurrirá en esos segundos que pasarán los electores frente a la urna en julio venidero. Nadie sabe siquiera si acudirán a votar. Lo que sí sabemos todos, o casi todos, es que el asunto de la persistente inseguridad, los niveles escandalosos de impunidad, y la incapacidad oficial para resolver un conflicto que ya es histórico, son un conjunto de elementos que, sin duda, ponderarán los electores, sea para castigar a los ineficaces y prepotentes políticos, o para ratificar en sus puestos a los que hacen bien su trabajo.

Las de julio de 2009 —y debemos insistir en ello— serán elecciones cuyo resultado dependerá de la capacidad oficial y/o de los partidos opositores para convencer al electorado de que son realmente eficaces en la lucha contra el narcotráfico y la violencia; contra la inseguridad en general. Pero si las palabras, los gritos, los reclamos ya no significan nada, los ciudadanos y potenciales electores reclaman otros signos que hagan posible comunicación alguna. ¿Cuáles serán esos nuevos signos, la nueva simbología para que sean posibles puentes mínimos entre ciudadanos y políticos?

Lo que viene, según especialistas de la comunicación, es el duro lenguaje de los hechos. ¿Qué quiere decir eso? Elemental: que al no existir resultados reales y tangibles —y ante el fracaso de los recurrentes llamados sociales, que van desde el “¡Ya basta”, hasta el “¡No tienen madre!”— los electores se mudarán de preferencia política o de plano se abstendrán de votar. En pocas palabras, que los propios electores empujarán la caída de los malos servidores públicos, gobernantes, políticos y partidos. ¿Será eso posible? Esa es la gran interrogante.

Por lo pronto, en el caso Silvia Vargas no puede existir más impunidad. El pasado lunes, en este espacio dijimos que según expertos forenses, superaban 90% las posibilidades de que los restos encontrados en Tlalpan eran los de Silvia Vargas. Y preguntamos: ¿Quién va a renunciar? Ya se confirmó que, en efecto, los restos son de la joven. Pero todo sigue igual.

Nadie renuncia, nadie paga por su ineficacia, nadie detiene a la banda criminal. Todo, a pesar de que Nelson Vargas demostró que los secuestradores y criminales de su hija podían ser los integrantes de la banda conocida como Los Rojos. Nadie le hizo caso entonces. Hoy todo sigue igual. Y sí, no tienen madre.



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