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Bucareli | Jacobo Zabludovsky

Malos síntomas

Periodista y licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Inició sus actividades period ...

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    Lunes 08 de diciembre de 2008

    “Yo no soy antisemita. Quiero decirles que no soy antisemita”.


    No acabábamos de sentarnos a la mesa del desayuno, cuando Carlos Abascal, en su despacho de secretario del Trabajo, nos sorprendió con esa especie de aclaración reiterada y no pedida.


          El arcángel Gabriel de tamaño natural (supongo, porque ignoro el tamaño natural de los arcángeles) presidía la antesala. Bajo sus alas pasamos mis hijos, Jorge y Abraham, y yo, invitados por ese colaborador del recién estrenado presidente Vicente Fox, sin otro motivo aparente que el de conocernos y hablar.


         En el fondo existía, sin embargo, una causa especial: había publicado mi preocupación de que un cargo del gabinete presidencial fuera desempeñado por un hombre con  los antecedentes políticos, familiares y personales del licenciado Abascal. Años antes, en el diario Novedades o en la revista Siempre, escribí sobre su padre, Salvador Abascal, fundador del Partido Nacional Sinarquista, inspirado y apoyado por el nazifascismo, a cuya imagen y semejanza fue concebido con  la carga de odio de las doctrinas culpables de una de las más grandes tragedias de la historia. Mis sospechas sobre la razón verdadera del desayuno se confirmaron al oír su inesperada confesión.


        El tono de su voz era amable, su actitud cordial y el cuidado en la selección de sus palabras revelaba un deseo de ser creído. De frente y con claridad adornaba sus respuestas con citas históricas, bíblicas o literarias, tratando de disipar dudas sobre su pasado y sus convicciones.

    De pronto, los cuatro hablábamos como viejos conocidos. Lo recuerdo como conciliador. Sabía escuchar. Si lo que se propuso fue acercarse a nosotros y establecer un diálogo, lo logró. Salimos los tres con  una impresión tan grata que no quise, por no ponerla en riesgo, preguntar qué hacían en esa oficina pública las imágenes religiosas cubriendo la parte de pared que dejaba libre el retrato del señor Fox.


           Hasta aquí llego en el recuerdo. No me expongo a caer en excesos como el de la señora Yeidckol Polevnsky ¡senadora del PRD!, quien en el velorio calificó al señor Abascal de “progresista y con una visión muy amplia e integral de las mujeres”, olvidando su anhelo, expresado en público, de que la mujer se dedicara a ser ama de casa, no fuera de ahí como trabajadora asalariada. Yeidckol debe padecer nostalgia de las labores de tiempo completo en su cocina, pero nunca es tarde para dejar el Senado. Lo que pasa es que los muertos nos trastornan. El presidente Felipe Calderón calificó a Carlos  Abascal  de “un gran mexicano”. Una semana antes había llamado a Carlos Fuentes “un gran mexicano”. Tendremos que  redefinir qué consideramos grandeza,  habida cuenta de que esos dos grandes mexicanos tuvieron su  único encuentro en la vida gracias a Aura, el día que la maestra de una escuela particular fue despedida cuando Abascal se quejó de que en la lista de lecturas recomendadas a su hija se incluyera esa novela de Fuentes.


         Coincide la muerte de Carlos Abascal con la aparición de signos ominosos de un robustecimiento de las agresiones antijudías en México y el mundo. Trabajó a las órdenes de su padre, Salvador, quien dirigió durante 30 años la editorial Jus y  fundó otra, Tradición. Era fama que Salvador leía cada palabra de los textos  y nada salía de  la imprenta contrario a su modo de pensar.  Se hicieron ahí varias ediciones de libros como esa mentira tan difundida: Los protocolos de los sabios de Sión; El judío internacional, de Henry Ford; Derrota mundial, de Salvador Borrego, y reproducciones pirata de Mi lucha, de Adolfo Hitler. Abascal padre escribió y publicó un ataque a Franklin Delano Roosevelt por “judío”.


         Esos libros se pusieron a la venta la semana pasada en la FIL, de Guadalajara, excepto Mi lucha, porque los derechos son propiedad del gobierno alemán que impide su publicación y venta. El jueves,  una representante de la Comunidad Israelita de México habló con la señora Nuria Macías, directora de la FIL, quien ordenó retirarlos por incitar al odio y la violencia racial. El sábado estaba anunciada una presentación personal de Salvador Borrego para vender su libro. No se le permitió hacerlo en las instalaciones de la FIL, pero buscaba un local cercano. 
           Los síntomas de algo más profundo se detectan simultáneamente en otros lugares, como Bombay, donde un rabino, su esposa embarazada de cinco meses y otros cinco devotos fueron asesinados mientras rezaban, en medio de un atentado en que los judíos eran objetivo preciso entre muchas otras víctimas. El presidente de Irán insiste en borrar del mapa a Israel. Una nueva amenaza contra los judíos no ha hecho más que comenzar. Alerta.


         Recordemos.



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