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La construcción de un personaje como el de Bob Dylan es íntegra en cualquier dimensión, desde su envalentonamiento con los medios hasta sus capacidades performáticas, su musicalidad y su talento poético

Sábado 23 de febrero de 2008

Solitario en un sótano, Dylan se dispone a exorcizar sus demonios en una grabadora. Una moto y una carretera lo alejaron del vertiginoso e histérico devenir de la realidad, renace; hombre vuelto estandarte, héroe vuelto celuloide.

La construcción de un personaje como el de Bob Dylan es íntegra en cualquier dimensión, desde su envalentonamiento con los medios hasta sus capacidades performáticas, su musicalidad y su talento poético. Lo interesante de Dylan es que —como buen artista— su legado se encuentra absolutamente separado de la persona que lo encarna, Dylan vale por su obra. Afortunadamente, su música y su poesía trascienden la simpatía o el odio que genera aquel arrogante, engreído, junkie andrógino de 20 años.

Dylan es uno de los músicos que más intentos de reinterpretación ha inspirado; desde “Just like a woman”, de Nina Simone, hasta el exitoso cover que los White Stripes le hicieron a la desoladora: “One more cup of coffee”. El más reciente mérito interpretativo se lo lleva la convocatoria que Todd Haynes realizó el año pasado para conformar la banda sonora de su largometraje: I´m not there. Tal y como lo hizo en el soundtrack, de Velvet Goldmine (1998), Haynes invitó a una interesante amalgama de músicos de distintos lugares y espacios a experimentar y conformar lo que sólo puede llamarse el dreamteam del año: The Million Dollar Bashers, cuya alineación está conformada por miembros de Sonic Youth, Wilco, Television, Smokey Hormel y John Medeski bajo la tutela de Tony Garnier.

I´m not there, como película, carece de propuesta en tanto intento por deconstruir a un personaje continuamente maleado y analizado como el de Bob Dylan. Lejos de acercarnos humanamente a él, lo despersonifica bajo una serie de símbolos y referencias obvias que le hacen más honor a la cultura estadounidense que a su contracultura. La película rumia constantemente las imágenes que podemos encontrar en documentales previos como No direction home (Scorsese, 2005) o Don´t look back (D.A. Pennebacker, 1967). La única escena fuerte y emotiva hace referencia a la banda sonora, y es el momento en el que Jim James (My morning jacket) aparece junto con Calexico, en medio de un funeral, representando su versión de Going to Acapulco. Es preciso rescatar la actuación y timbre de Markus Carl Franklin, revelación que personifica a Woody Guthrie (gran influencia en la música de Bob Dylan), mismo que estuvo a cargo de realizar un buen cover de la histórica canción “When the ship comes in”.

Es verdad que “nadie canta a Dylan como Bob Dylan”, pero cada quien significa eficazmente su música y su poesía. En aquel entonces, su público se identificó y se apropió tan visceralmente de sus canciones que se volvió una condición reclamarle al autor las mutaciones a las que eran sometidas al ejecutarlas en vivo. Para muestra, vale recordar aquellas multitudes sedientas de reciprocidad y reacias al cambio que convirtieron el abucheo en una interacción tradicional de Dylan con su público, brindando una oportunidad para que, en la provocación, naciera sin saberlo, el primer punk de la historia.

Si es necesario e inspirador reinterpretar sus canciones, es porque existe en ellas un discurso vigente que deambula entre guerras, sueños incumplidos y desesperanzas. Cantar a Dylan es escuchar los resquicios de la voz de un pasado que pide a gritos tener injerencia sobre el futuro. Bob Dylan se presenta este 26 y 27 de febrero en el Auditorio Nacional.

Claudia Jiménez, claudiaguionbajojjimenez@gmail.com, colabora en Ibero 90.9, y todos los sábados comparte créditos con Candela Aianda, quien aparece unida al dedito meñique de su hermana siamesa, la Moma Nané.



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