aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Bitácora Republicana | Porfirio Muñoz Ledo

Exaltación de ineptitudes



COLUMNAS ANTERIORES

Poco antes de extinguirse el año murió Rafael Ruiz Harrel, en su refugio final de la zona boscosa de Morelos

Viernes 04 de enero de 2008

Exaltación de ineptitudes

Rafael Ruiz Harrell fue de por vida un preparatoriano. Ávido de todos los saberes y rebelde frente a todos los dogmas

Poco antes de extinguirse el año murió Rafael Ruiz Harrel, en su refugio final de la zona boscosa de Morelos. Edificado en torno a un despacho egocéntrico, rodeado de un laberinto de libros testigos de su polivalente y sólida biografía intelectual. Rodeado de bocinas sinfónicas y de silencios crepusculares que señalaban su relación ambivalente con la vida: apasionado de la sonoridad y querencioso de la calma. Juventud insaciable y escepticismo invencible.

Apenas llegado de Europa acudí a su despedida. Lo recuperé en su lecho mortuorio. Nada es más parecido a un hombre que su cadáver. Ni nada lo distingue mayormente que la frialdad. Creo que por primera vez he tocado a un muerto. Estaba intacto, pero irremediablemente distante y absolutamente helado. Era todo recuerdo e inevitable premonición.

Fue Rafael un amigo esencial. El miembro más joven del núcleo central de la generación del Medio Siglo: sólo tres meses nos separaban. El primero al que invité a formar parte de la revista organizada bajo los auspicios iluminados del maestro Mario de la Cueva. Era un fruto acabado de la Escuela Nacional Preparatoria; la de Gabino Barreda, Antonio Caso y Erasmo Castellanos Quinto. La institución enciclopédica sobre la que Justo Sierra edificó en 1910 la Universidad de México.

Rafael fue de por vida un preparatoriano. Ávido de todos los saberes y rebelde frente a todos los dogmas. Biológicamente sarcástico. Atrapado en la confluencia entre el arte, la ciencia y las humanidades. Casi todo lo intentó y casi nada lo satisfizo. Retengo su ambición poética: “Ocho cosas de papel”, que inauguró las separatas de nuestra revista. Después “Te cantaron la muerte”, que clausura ese ciclo y presagia nuestro destino colectivo.

Su curiosidad adolescente lo transportó de las más rigurosas disciplinas jurídicas a las más audaces aventuras filosóficas. Durante su estadía en Londres se aproximó al círculo de Bertrand Russell y afinó su proclividad a la lógica matemática bajo el patrocinio de Rudolf Karnap. Fue catedrático de filosofía, sicología y derecho, narrador convincente, administrador exitoso, activista de derechos humanos, periodista implacable y el más informado y corrosivo criminólogo del país.

Ruiz Harrell tuvo un curso distintivo dentro de nuestra promoción. Buscó celosamente su ámbito propio de realización vital. Lo disfrutamos siempre en sus corpulentas estridencias y cíclicamente lo redescubrimos en la irrupción irreverente de la sátira. Por temporadas lo perdimos en lejanías circunstanciales pero invariablemente lo reencontramos en una más apretada intimidad.

En un tiempo apremiante aportó su lúcido testimonio de ruptura con el sistema político decadente: Exaltación de ineptitudes. Publicado en octubre de 1986 su factura es simultánea a la emergencia de la Corriente Democrática. Aunque sin ninguna conexión directa con el movimiento, sus motivaciones y argumentos son idénticos. Por esa coincidencia nuestro antiguo compañero y entonces presidente, Miguel de la Madrid, comentó que dos miembros de su generación se habían vuelto locos: Rafael y Porfirio.

Ruiz Harrell disolvía en un texto reflexivo y valiente la tensión que había sufrido durante cerca de 20 años entre la disciplina crítica del profesor universitario y la función de asesor en altos niveles del gobierno. Su osadía lo condujo a un breve exilio voluntario y a una larga e involuntaria penuria. Le valió sobre todo la conquista plena de la libertad de palabra.

La obra es una suerte de prolongación de La sucesión presidencial en 1910, de Francisco I. Madero. Recuerda también el ingenio mordaz de Daniel Cosío Villegas. Es una denuncia del sistema establecido después de la Revolución, al que describe como una reedición del que construyó Porfirio Díaz. El presidencialismo como universo político sostenido en la abyección.

Su tesis cardinal es que los sucesivos gobiernos se habían empeñado mucho más en reproducir el poder que en atacar los problemas nacionales. Tras de análisis estrictos sobre la evolución económica y social del país concluye en un saldo aterrador de atrasos. “Hemos pagado —afirma— un costo demasiado alto por perpetuar el régimen”. Se atreve a exigir la renuncia del Ejecutivo “como único camino para preservar el orden constitucional”.

Su condena moral es más enérgica. La descripción de conductas palaciegas de humillación frente al poder y el empleo desmedido de éste con fines de sometimiento. La caricatura de un modelo en que “se tolera al corrupto, se exalta al inepto y se miniaturiza a la sociedad a expensas de un solo hombre, que por eso mismo termina con trastornos mentales”.

Cómo olvidar nuestro encuentro en Sao Paulo con Helio Jaguaribe. Al finalizar el diálogo, el filósofo amigo subrayó la singular personalidad de Rafael y añadió: el trato con tu generación me ha confirmado que México es un país de grandes caracteres. En ello reside su fuerza, pero tal vez también su flaqueza.

bitarep@gmail.com



PUBLICIDAD.