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Itinerario Político | Ricardo Alemán

IFE: la farsa más transparente

Nació en la ciudad de México en 1955 e inició en 1980 su carrera profesional como reportero del diario "A.M." de León Guanajuato. Ha trabaj ...

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Martes 11 de diciembre de 2007

IFE: la farsa más transparente

Luego de la pasarela, queda clara la poca seriedad con la que serán elegidos los nuevos consejeros

Los criterios para esa delicada selección serán políticos más que de calidad y eficacia probada para el cargo

Luego de la poco clara descalificación del periodista y ex consejero electoral del IEDF, Eduardo Huchim, de la ofensiva pasarela y hasta de las agresiones verbales que debieron soportar aspirantes como María de los Ángeles Fromow y María Marván —esta última incluso decidió declinar a su aspiración en un lance de dignidad—, y de la guerra declarativa que PAN, PRD y PRI han intercambiado en torno a las figuras del ministro Genaro Góngora Pimentel y el ex consejero Mauricio Merino, queda clara la poca seriedad con la que serán seleccionados los tres nuevos consejeros del IFE.

Más aún, una vez que de casi 500 aspirantes se llegó a una selección de sólo 39, se confirma que cada uno de los tres grandes partidos logró meter a ese selecto grupo a entre 10 y 12 de sus preferidos, en su mayoría con experiencia en la academia —especialmente en la Ciencia Política—, por un lado, y en la materia electoral, por el otro. Incluso se podría decir, con un estrecho margen de error, que de los 39 finalistas casi cualquiera de ellos cumple a cabalidad con el perfil requerido, si es que nos atenemos a sus cartas credenciales en la materia.

Pero el problema se complica si el análisis se extiende a variables subjetivas como la popularidad de cada uno de los 39 finalistas —más que a su experiencia y conocimiento de la materia electoral— y a sus amarres con los partidos políticos que los proponen. Si los criterios de selección final serán a partir de la popularidad y los acuerdos con tal o cual partido, entonces el número de pretendientes a ocupar uno de los tres lugares al Consejo General del IFE se reduce a no más de una docena.

Y aquí está precisamente la parte cuestionable, porque en la etapa final de selección, cuando sólo han quedado 39 aspirantes, los grandes electores serán, de nueva cuenta, los tres grandes partidos, PAN, PRD y PRI, mediante de sus jefes en el Congreso. ¿Y cuáles serán los criterios de selección en ese pequeño grupo de legisladores? Por más que se nos diga lo contrario, el criterio será absolutamente arbitrario; ya no contarán las capacidades, la experiencia, el conocimiento de la materia político electoral, sino las lealtades, la pertenencia a tal o cual grupo y/o partido político.

Lo sorprendente, en todo caso, es que los señores diputados y senadores de los tres grandes partidos, los mismos que hicieron la reforma constitucional en materia electoral, las enmiendas al Cofipe, los mismos que defienden la ciudadanización del IFE y que tanto argumentaron por la selección estadística de los ciudadanos que vigilan las elecciones, no fueron capaces de encontrar un método confiable, transparente para seleccionar a los nuevos consejeros del IFE.

Ya algunas voces se han expresado en torno a, por ejemplo, la insaculación, de un universo que bien podrían ser los 39 candidatos que llegaron a la selección final. Si es cierto, como parece, que esos 39 mexicanos son los más capacitados para ocupar uno de los tres lugares que quedarán vacantes en el Consejo General del IFE, la pregunta es elemental. ¿Por qué entonces no proceder a una insaculación?, por un lado. O, en su caso, a un examen de oposición, en el que los tres mejores sean los elegidos.

Podrían existir muchas otras fórmulas; tantas como la imaginación sea capaz de proponer, pero lo cierto es que al final todo queda igual que antes, cuando en 2003 se renovó el Consejo General y los elegidos salieron del insultante reparto de cuotas; al arbitrio de las amistades, la pertenencia a grupos, la lealtad a tal o cual proyecto político y, en el extremo, a los humores de las venganzas y los cobros de factura.

Al final de cuentas, los criterios para esa delicada selección serán políticos —más que de calidad y eficacia probada para el cargo—, por más que muchas voces se “desgañiten” presumiendo que el proceso actual, contra el anterior, se hizo a los ojos y los oídos de todos. En efecto, la inscripción voluntaria, la pasarela pública y hasta una suerte de selección natural son novedades que no habíamos visto en el pasado. Pero en la recta final, cuando ya quedan sólo los más capaces, a la vista de todos, resulta que los partidos regresan al mismo método de antaño, al reparto de cuotas, en el que el nombre del juego es lo más parecido a la esquizofrenia del “voto y el veto”.

Y en ese vulgar e insultante juego del poder también se juega con las aspiraciones legítimas y las capacidades probadas de no pocos de esos 39 candidatos que han vivido en el error, cometido el “pecado capital” de no ser parte de un grupo político o contar con el padrinazgo de este o aquel “santón” del poder o, como ya ocurrió con las señoras Fromow y Marván, o con el señor Huchim —entre muchos otros—, simple y llanamente son víctimas del rencor político y hasta el escarnio público. El problema, otra vez, es de confianza y credibilidad.

Algunos como los ex consejeros federales Mauricio Merino y Jaime Cárdenas apelan a su probada experiencia en el cargo, otros como Lorenzo Córdova y Benito Nacif se amparan en sus cartas académicas y la no menos importante popularidad mediática. ¿Pero quién se ha atrevido a alzar la voz, por ejemplo, a favor de Alfredo Figueroa Fernández y Javier Santiago Castillo, dos especialistas de la cosa electoral como pocos, que además tienen una probada experiencia, una profunda cultura de la imparcialidad y un compromiso por la legalidad?

Pero esos dos candidatos, igual que otros que están en el resumen final de aspirantes, no gozan del favor del reflector mediático, no tienen un poderoso padrino en Los Pinos, en el PAN, PRD o PRI, y no son cartas de intercambio político. Son, eso sí, profesionales probados en la materia electoral, pero eso no es lo que importa. En este juego se debe ser famoso, popular y mantener lealtad a uno de los dueños del balón. Y eso, aquí y en China, se llama farsa. Sí, con mucho reflector, pero farsa al fin.

aleman2@prodigy.net.mx



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