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Artes Visuales | Mónica Mayer

De shopping en Maco



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Viernes 04 de mayo de 2007

De shopping en Maco

Ir de compras es como ir de cacería. Hay que tener el objetivo claro, detectar a la presa y ser el primero en apoderarse de ella. Llegué a la feria de arte contemporáneo con mi cámara y libreta, dispuesta a encontrar por lo menos tres obras que me gustaría comprar.

En un principio pensé enfocarme en el trabajo de las artistas para resaltar que entre casi 200 creadores presentándose en una veintena de galerías mexicanas, menos de 20% eran mujeres. ¡Qué bueno que se supone que ya no hay sexismo en el medio artístico, porque de otra forma no habría una sola!

Sin embargo, decidí que mi única guía sería el placer, por lo que opté por no pedir precios ni datos sobre los artistas. La obra tendría que defenderse solita.

Recorrí los pasillos lentamente. Esquivé un par de obras que incluían animales disecados por considerar que seguramente algún político coleccionista las apreciaría más que yo. También evité la tentación de divagar sobre posibles curadurías: con lo que había en esta feria se hubiera podido abrir un museo del terror, otro del humor y un ala para el Papalote dedicada a obras de arte influenciadas por las caricaturas, juguetes y lo infantil.

La primera obra que me cautivó estaba en la galería neoyorquina Spencer Brownstone. Es una obra de Zilvinas Kempinas (1969, Lituania) que formó un círculo de dos metros de diámetro con cinta de video que se mantiene sobre el muro, pero en constante movimiento gracias a un ventilador casero. El aire mantiene al círculo vivo, pero también atrapado. Esta obra nada ostentosa es un tratado sobre el equilibrio.

Después me llamaron la atención unas extrañas formas anaranjadas del californiano Kurg Bigenho en la galería canadiense P/M. Eran salvavidas para dos, tres y hasta seis personas. También había un video con varias personas caminando en la calle metidas en estas cosas. Es un objeto sensacional para performances callejeros, dinámicas sicológicas o como material didáctico, y resulta un comentario divertido sobre las relaciones humanas y una propuesta más interesada en lo vivencial que en la estética.

La tercera obra me atrajo desde el primer día de Maco. Es una pieza efímera, por lo que me parecía interesante que se presentara en una feria cuya intención es el comercio, aunque supongo que siempre se podrá vender el derecho a rehacerla o la documentación. Se trata de una pieza de la argentina Ana Gallardo (1958) en la galería Alberto Sendros de Buenos Aires. Eran dos metros cuadrados de manojos de perejil colgando hacia abajo en hileras. Era una obra atractiva visual y olfativamente. Pero la vida es engañosa y el arte también. Al acercarme vi un letrero que decía que las mujeres pobres en Argentina, en donde el aborto es ilegal, utilizan perejil para inducirse abortos y muchas veces mueren en el intento.

Me cuesta aceptar que una obra que denuncia el dolor de las mujeres se comercialice en una feria, pero supongo que los compradores serían museos o alguna feminista furiosa como yo que podría ir coleccionando obras que denuncian la opresión de la mujer para algún día, cuando se acabe el sexismo, exista un museo que nos recuerde una historia que no se debe repetir.

Al terminar mi recorrido noté que las tres obras que seleccioné no eran más que un pedazo de cinta, unos cojines feos y manojos de perejil. Confirmé dos cosas: el arte no está hecho de materiales, sino de ideas, y todo se puede vender.

www.pintomiraya.com.mx



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