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Estrictamente personal | Raymundo Riva Palacio

Pinocho



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Miércoles 14 de febrero de 2007

Pinocho

El ex presidente Fox parece no haberse dado cuenta de que ni siquiera dentro de sus aliados lo ven como un hombre que consolidó la democracia

Hablar es su compulsión y su destino. Mentir, su costumbre, como esta semana, cuando el ex presidente Vicente Fox, ante una audiencia menguada y a la cual le tuvieron que rebajar casi la mitad del precio a la entrada, se presentó en el Centro de las Artes "John F. Kennedy", en Washington, para resaltar, entre otras cosas, que durante su mandato se consolidó un régimen que dejó como su legado para los mexicanos y para la historia. Vaya. Las mentiras, repetidas, llegan a ser tonterías. Fox no es un tonto, aunque una buena parte de las sociedades política y civil así lo perciban, pero su necedad e irresponsabilidad como gobernante no le auguran ningún futuro promisorio en la historia política de este país. Por el contrario.

El sexenio de Fox, de muchas maneras, es un periodo perdido en prácticamente todas las materias. Quien llegó al poder con un vasto mandato que le pedía el cambio fue un traidor a la democracia. Pero no en el contexto de la acusación que le lanzara el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador por haberse inmiscuido en la contienda por la Presidencia en 2006 -que sí lo hizo, grotescamente, y que sólo las lagunas legales impidieron que se anularan los comicios-, sino por la manera como fue desinstitucionalizando a la nación, con lo cual el camino hacia un gobierno legítimo y eficiente, la etapa superior de la democracia, empezó una regresión. Si la democracia tiene su coeficiente máximo en la legitimidad y la eficiencia, Fox derrumbó la legitimidad que alcanzó en 2000 y, peor aún en la comparación con los regímenes autoritarios del PRI, tampoco fue eficiente.

La manera más visible de su déficit democrático está en las pocas calificaciones que en la materia puede mostrar. Entre las únicas dos iniciativas democráticas se le puede apuntar una a la cual se negaba a impulsar, la Ley de Transparencia -fundamental para la observancia del poder-, que salió por iniciativas ciudadanas, y el Servicio Civil de Carrera que, sin embargo, fue aprobado con una serie de acotaciones por su gobierno y el PAN porque, en el momento de ser votado, pensando que López Obrador tenía grandes posibilidades de ser presidente, le colocaron pesados obstáculos. Es decir, ni siquiera esos dos puntos, las únicas reformas de régimen democrático que podría presumir Fox, se encuentran impolutas. Las únicas instituciones de un sistema de ese orden que existen, más allá de las críticas que puedan existir sobre ellas en lo particular, son todos los órganos electorales, las comisiones de derechos humanos y un renovado Poder Judicial, autorías de los dos últimos presidentes priístas, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo.

Fox, incuestionablemente, está en deuda con la nación.

La desinstitucionalización a la cual llevó el país es una afrenta que no puede ser ni soslayada ni olvidada. Fox no puede ir por ese mundo que de sí le muestra muy poco respeto e interés -tuvo que reducir de 100 mil dólares sus honorarios por plática a 50 mil porque nadie quería contratarlo-, repitiendo las sandeces políticas que no se cansó de estrellar cínicamente en la cara de los mexicanos. Este proceso de regresión democrática, para ventaja de la historia y de los análisis, sí se puede medir, a través de los índices de gobernabilidad y anticorrupción que elabora el Banco Mundial anualmente para evaluar esos procesos. Basados en esa metodología, de los seis indicadores que definen la legitimidad y la eficiencia de un gobierno, en los seis bajó el gobierno de Fox.

1. La rendición de cuentas cayó de una calificación de 59.6 en 2002 a 56.8 en 2004.

2. La estabilidad política se redujo de 52.4 a 43.7.

3. La eficiencia gubernamental se desplomó de 65.7 a 56.7 (en 1998 tenía una calificación de 68.9).

4. El estado de derecho cayó de 47.4 a 45.9.

5. El control de la corrupción bajó de 51 a 48.8.

6. La calidad regulatoria, aunque subió de 66.8 a 68 en el mismo bienio, cayó con respecto a 1998, cuando tuvo 75.5.

Hay otros factores menos objetivos, pero muy claros de ese proceso de desinstitucionalización. Quizás lo más desagradable fue el gabinete social extralegal encabezado por su esposa Marta Sahagún, que remplazó en muchas ocasiones la política social, la de salud y la educativa. Otro no menos grave fue la desarticulación del gabinete que propició la paralización de muchas políticas, algunas tan graves como la que condujo al aniquilamiento de la coordinación de seguridad pública por las veleidades de sus secretarios de Estado, cuyas consecuencias se están viendo hoy en día.

Al balance negativo se le puede añadir otro indicador importante que ayuda a evaluar el déficit de eficiencia y legitimidad: la violencia. En el sexenio foxista no sólo se disparó en número, sino en la calidad de la violencia y la extensión con la cual se maneja el crimen organizado, al grado de que, señalado en el exterior y admitido por el actual gobierno de Felipe Calderón, el narcotráfico está minando al Estado mexicano. O como reconoció el procurador Eduardo Medina Mora cuando explicó las razones de las extradiciones de más de una decena de narcotraficantes a Estados Unidos, el gobierno mexicano no podía evitar que siguieran manejando la delincuencia organizada desde las cárceles.

La ingobernabilidad por la debilidad de instituciones no sólo se expresó en el florecimiento del narcotráfico, sino en el surgimiento de comunidades regidas bajo su propia ley. Violentó la Constitución repetidamente, como cuando permitió en dos ocasiones que el EZLN viajara por México (en detrimento el artículo noveno constitucional) o, como aceptó en su plática en Washington, socavando al estado de derecho por razones políticas en el caso del desafuero de López Obrador, quien hubiera sido absuelto sin problema por un juez y competido de cualquier forma en la elección.

No debería extrañarnos que la percepción de la democracia se devaluara tanto durante su sexenio. Casi siete de cada 10 mexicanos perdieron la fe en la democracia durante su sexenio, y elevaron su deseo por el regreso del autoritarismo. Con Fox no hubo construcción de la cultura democrática, sino su destrucción. Su tarea histórica era difícil pero clara: consolidar la democracia. Nadie esperaba que saltara para atrás, cruzando negativamente por la etapa de la transición y tocando nuevamente a la puerta del viejo autoritarismo. Fox terminó su mandato con una enorme deuda política y la vergüenza histórica sobre sus hombros. Que no venga a decirnos ahora que tenemos que darle las gracias por su esfuerzo. Señor Fox, es usted un hipócrita, un cínico, pero sobre todo, un mentiroso consumado.

rriva@eluniversal.com.mx

r_rivapalacio@yahoo.com



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