La perorata suntuosa de Manganelli

La columna de David Huerta se ocupa de diversos temas de la cultura contemporánea y no tan contemporánea; el apartado "otras cosas" del nombr ...
Viernes 03 de septiembre de 2004
Hace ya varios años descubrí los libros de Giorgio Manganelli (1922-1990). Me impresionaron por varias razones: su abigarrada y armónica extrañeza, su barroquismo profundo, su inteligencia afilada y acezante, su sabiduría formal, su violencia a menudo explosiva, su radical falta de complacencia; todo lo cual, sumado y visto en perspectiva, era algo así como un indicio de lo que, años más tarde, el gran Roberto Calasso, en su libro La literatura y los dioses , habría de llamar "literatura absoluta". Calasso fue uno de los lectores más atentos de los textos de Manganelli y su editor en Adelphi.
Leí a Manganelli en las traducciones que puso a nuestro alcance la editorial española Anagrama. El primero que abrí y recorrí de punta a cabo fue Centuria , subtitulado "Cien breves novelas-río". A esa lectura siguieron A los dioses ulteriores, A y B, Del infierno , y en meses recientes Elogio del tirano, La noche y su obra póstuma, en verdad impresionante: La ciénaga definitiva . Muchnik y Siruela son sus otros editores en España.
He leído también, en las páginas de revistas y suplementos literarios, algunas de las "improvisaciones para máquina de escribir" manganelianas; y en una edición francesa, su librito sobre un viaje a la India. Todavía no me ha caído en las manos su Hilarotragedia y algunas otras obras con las que habré de completar, un año de éstos, mi colección de sus libros, pero sigo en busca de ellos.
La única fotografía de Manganelli que he visto está en la solapa de algunos libros publicados por Anagrama. Fue curiosa mi primera reacción ante esa imagen, la efigie de un escritor descomunal, que se ha convertido en uno de los nortes y referencias más importantes en mi vida de lector (y de escritor); dije: "Este señor es igualito a Toño Andere", aquel cronista de box de la televisión mexicana, que narraba los combates pugilísticos sabatinos al lado del ingenioso Jorge Sony Alarcón.
El estilo de Andere contrastaba con el de Alarcón; el de Manganelli con el de todos los demás escritores que hay y ha habido. Como de casi nadie en la literatura moderna, debe decirse de él que es un auténtico raro, en el sentido de su singularidad incomparable. Hay que pensar en escritores tan extremosos como el irlandés extraterritorial Samuel Beckett para medio encontrarle un parangón; aun así, Giorgio Manganelli se queda solitario en su soberbia torre de marfil.
Pero la torre marfileña de este escritor italiano, milanés por más señas, no se parece tampoco a ninguna otra. La imagino rodeada de pantanos enjoyados, de carnavales perversos y fantasmales, de bibliotecas derruidas e inundadas, de necrópolis pesadillescas e infantiles. Si hubiera que buscarle un pariente en otro terreno de la creación artística moderna, tendría que pensarse, digamos pero es sólo un ejemplo, en el ultrabarroco director de cine Peter Greenaway.
Cuestión de gustos. Y aquí, en esta comparación, funciona mi gusto sin la menor concesión. Encuentro en las páginas de los libros de Manganelli la misma voluntad de creación de mundos extraños que veo en las películas de Greenaway. Hay en los dos una mirada que atraviesa las presencias, sale del otro lado y muestra lo que no tengo más remedio que llamar "monstruos": cuerpos tatuados, noches que son un inmenso cubo negro, reescrituras desfigurantes de clásicos literarios y religiosos (Shakespeare en Greenaway, digamos; el Corán en el caso de Manganelli).
Cuando se habla de barroco, la mayoría de las personas piensa de inmediato en edificios adornados con exceso: volutas, convólvulos de piedra, racimos y entrecruzamientos. No está mal: en el barroco la inteligencia artística funciona constructivamente de una manera obsesiva, y Manganelli o Francisco de Quevedo no proceden de un modo diferente: rizan el rizo, exageran continuamente, saturan, llenan y rellenan los vacíos, y lo hacen siempre con pautas constructivas. Pastiche, parodia, sí; pero también creación. Dinamitan la tradición y, al hacerlo, le hacen el mejor homenaje porque la llevan al límite. Dilapidan, derrochan lo que la historia de los estilos ha puesto a su disposición.
Leí La ciénaga definitiva y La noche hace unos días y lo hice de un tirón, como si en realidad fuesen un solo libro. En las noticias que sobre esas dos piezas he leído, me doy cuenta de que el libro póstumo de Manganelli, La ciénaga definitiva , tuvo su campo de experimentación en el otro, constituido por varias piezas que se responden y resuenan unas en otras.
Esa lectura doble y única ha sido el refrendo, para mis ojos lectores, de la genialidad irreductible de este italiano sin par.
Escritor