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Agenda Alternativa | Javier Lozano

El sol de medianoche



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Quienes acudimos a la instalación formal de Convención Nacional Hacendaria nos percatamos de que el problema que ésta enfrenta para su posible éxito va mucho más allá de formalismos.

Si observamos cuidadosamente caeremos en cuenta de que tanto ...

Lunes 09 de febrero de 2004

El sol de medianoche

El inicio formal de la Convención Nacional Hacendaria deja poco espacio para la esperanza. De los buenos propósitos pasamos a la improvisación. Y los resultados se esperan, por consenso, en pleno año electoral

Quienes acudimos a la instalación formal de Convención Nacional Hacendaria nos percatamos de que el problema que ésta enfrenta para su posible éxito va mucho más allá de formalismos.

Si observamos cuidadosamente caeremos en cuenta de que tanto la Conferencia Nacional de Gobernadores (la Conago), como la propia Convención Nacional Hacendaria para todos los efectos le llamaremos la Convención son intentos de creación de instituciones que pretenden resolver problemas que, desde el punto de vista constitucional, corresponden a otros poderes.

Dígalo si no la fracción primera del artículo 117 de la Constitución que a la letra establece: "Los estados no pueden, en ningún caso, celebrar alianza, tratado o coalición con otro estado ni con las potencias extranjeras".

Más aún. El artículo 41 de la misma Constitución señala que "el pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión, en los casos de la competencia de éstos, y por los de los Estados, en lo que toca a sus regímenes interiores".

¿Qué es lo que en realidad está sucediendo? Pues que se pretende institucionalizar con organizaciones paralelas la ausencia de resultados de aquellas instituciones que, constitucionalmente, debieran estar funcionando de manera eficaz y patriótica.

Es así que nacen tanto la Conago como la Convención. Se trata de instituciones marginales que pretenden alcanzar estándares mínimos de coordinación con la administración pública federal para atender de mejor manera las necesidades de la población a nivel estatal y municipal.

El reclamo de ambas instancias no es del todo inútil. La discrecionalidad en la asignación del ramo 33 del gasto público o la calendarización del presupuesto para efectos de su efectiva aplicación por parte de las entidades y los municipios provocan conflictos y demandas recurrentes que no se explican sino a partir de una centralización de la generación de los ingresos y de la toma de decisiones para el ejercicio del gasto público.

De otra parte, hay que reconocer que los estados y los municipios tampoco hacen bien su tarea pues no se aprovechan, debidamente, las potestades tributarias de las que gozan. Nada más téngase presente el que la suma de los ingresos tributarios propios de los estados se redujeron, entre 1994 y el 2002, en aproximadamente siete puntos del PIB.

Y qué decir del impuesto predial cuyo monto total a nivel nacional alcanzó apenas el 0.2% del PIB en el último año al tiempo de que nuestros pasivos contingentes como país, al menos en términos de lo que habremos de enfrentar en materia de pensiones según explicó Eduardo Sojo en la Convención representan el 75% del PIB.

Con ese panorama y después de acudir a la inauguración de la Convención Nacional Hacendaria y de escuchar los discursos de quienes participaron en tan histórica ocasión, muy poco queda en términos de optimismo.

No se percibió mutación alguna respecto de lo dicho al lanzar la convocatoria de la Convención, a finales de octubre en la ciudad de México, de lo expuesto en esta larga fila de monólogos. Fue una larga sucesión de buenos propósitos y lugares comunes que derivan en un consenso inicial que, desde luego, se antoja imposible de alcanzar en tan solo 180 días para una auténtica reforma del Estado en materia hacendaria.

Lo que no puede aplaudirse es el formato de saludos y discursos de buena voluntad, y que éstos se repitan uno tras otro, desde la convocatoria hasta la instalación de la Convención. No es admisible que los documentos que contenían el diagnóstico general por tema pertinente, preparados desde el 7 de enero pasado se presenten como novedad en la inauguración de la citada Convención. No se vale que se cite a la instalación de las respectivas mesas para tan sólo preguntar el nombre de los asistentes, su origen y sus datos generales para luego sin siquiera mediar minuta de la ocasión convocarles a una próxima reunión dentro de 15 días y sin asignar tarea alguna. Y es increíble, en fin, que quienes fungen como coordinadores de las mesas desaparezcan y no dejen siquiera a sus respectivos suplentes como encargados de tan encomiable labor.

Quizá el desencanto inaugural de la Convención obedezca a la poca fe que se le tiene al proyecto. Fue una buena ocasión para la foto y, ciertamente, en el futuro nadie podrá reprochar que no se intentó un posible acuerdo para mejorar la hacienda pública. Con todo y como bien dijera el senador Enrique Jackson, posiblemente el mejor de los oradores de la sesión solemne, "pónganse de acuerdo y presenten sus iniciativas al Congreso que aquí los esperamos para decidir lo que sea mejor para el país".

Y es que no se explica el que se no se haya invitado al Poder Legislativo para integrarse de lleno a los trabajos de la Convención siendo que los congresistas tienen la última palabra; como no es entendible el que se haya dejado al margen de la mesa de honor al presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación quien asistió a la ceremonia y ocupó un lugar como cualquier otro en la primera fila.

De la misma manera, es difícil explicar el que no esté aún lista la "metodología para la presentación de los trabajos y la presentación de las propuestas" a estas alturas del partido.

Queda para el anecdotario, además del infame video proyectado antes de la intervención del presidente Fox, la frase que nos regaló el diputado Juan de Dios Castro Lozano al finalizar su alocución: "Creo en las tinieblas pero, también, en el sol de media noche". ¿Qué habrá querido decir?

Presidente del Instituto del Derecho de las Telecomunicaciones, A.C.

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