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Agenda Alternativa | Javier Lozano



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Lunes 18 de agosto de 2003

Un baile de máscaras/(Primera parte)

Como en la ópera de Giuseppe Verdi y Antonio Somma, quienes supuestamente debieran encargarse de la promoción del sector de las telecomunicaciones resultan sus principales conjurados, en un gran baile lleno de simulación

A ver si alguien le entiende a este país. El secretario de Comunicaciones y Transportes propone un Programa Sectorial para impulsar el desarrollo de las telecomunicaciones hacia finales de 2001. Días después, con la anuencia de la Secretaría de Hacienda se crea en el Congreso un impuesto especial sobre servicios de telecomunicaciones (IEPS) ante el hueco advertido en aquella frustrada reforma fiscal integral.

En tal ocasión, los senadores del PAN, incluidos los pertenecientes a la entonces Conferencia Parlamentaria en materia de Telecomunicaciones (CPT), votan a favor de tal gravamen y en contra de las excepciones propuestas por sus colegas priístas.

Al año siguiente, el Ejecutivo Federal asume la paternidad del impuesto especial y lo vuelve a considerar para el ejercicio fiscal de 2003. En todo ese tiempo, ningún funcionario de la SCT se pronuncia en contra del impuesto, a pesar de que el mismo choca frontalmente con su propio programa sectorial. Poco después, el Presidente de la República resuelve exentar por sí mismo el gravamen para los servicios de telefonía celular en contratos de hasta 350 pesos mensuales. Más adelante, resulta que también ofrece el mismo tratamiento a la industria de televisión restringida aunque no aclaró si sería vía ley o vía su propio decreto.

Sin embargo y por cuerda separada, al solicitarse el amparo de la justicia federal contra ese gravamen para el caso de la televisión por cable, la respuesta final del Poder Judicial de la Federación es en el sentido de negarlo por considerar que esa actividad constituye un servicio de entretenimiento y no un servicio básico como sí lo son, a su decir, los llamados servicios intermedios y la telefonía en su conjunto.

Ahora, utilizando argumentos totalmente contrarios al criterio de la Corte, la SCT se dispone a conceder el esperado fast track a las concesionarias de televisión por cable para poder prestar servicios de transmisión bidireccional de datos con lo cual podrán ofrecer todo tipo de interactividad y acceso a Internet a través de sus propias redes y, con ello, avanzar en pos de la convergencia tecnológica y de servicios.

El senador Héctor Osuna obtiene un punto de acuerdo ante la Comisión Permanente para eliminar el IEPS en telecomunicaciones por considerarlo lesivo para la industria. Sí, es el mismo senador blanquiazul que apenas año y medio antes votó a favor de la creación del maldito impuesto quien ahora se sorprende de los nocivos efectos causados y encabeza la cruzada para su exterminio.

Y mientras tanto, como ninguno de ellos sabe bien a bien qué es lo que hace la industria del trunking, pues dejan el impuesto completo del 10% para todos sus servicios en una clara discriminación hacia una actividad que, además, aguarda la disponibilidad de espectro para detonar nuevas y multimillonarias inversiones.

Hay que destacar que el Ejecutivo Federal, además de haberse hecho el occiso cuando se propuso y votó la creación del IEPS en las últimas horas de 2001, y que un año después avaló su existencia al presentar su iniciativa de Ley de Ingresos (fue el Congreso el que eximió a la industria de paging) ahora se las da de benefactor de la industria y echa mano del peor de los instrumentos a su alcance, es decir, del artículo 39 del Código Fiscal de la Federación, tratando de ajustar la realidad a supuestos normativos que en nada se parecen a su ratio legis. Por si fuera poco, al invocar la aplicación de tal artículo, lo único que hace es evadir su responsabilidad política de acordar con el Congreso la derogación total del famoso IEPS.

Esto es, en un verdadero baile de máscaras, donde los personajes cambian su identidad y hasta de pareja, según la pieza que en el gran salón se interpreta, la atmósfera de oropel se convierte a la vez en un gran festín de hipocresía.

Así, mientras que en un principio nadie quiso asumir la paternidad del bodrio fiscal obvio es que, iniciada la noche del baile, muchos votaron y defendieron esa magistral idea. Después, esos mismos alegres personajes se dan cuenta de lo que era evidente y reaccionan en forma gallarda. Debieron saber que ni se iba a recaudar lo esperado, que le iban a pegar al crecimiento del sector, que se inhibiría la contratación de nuevos servicios y que, con ello, se abriría aún más la brecha digital que México padece.

Pero claro que ahora, ante la ausencia de un crecimiento económico, de acuerdos políticos que destraben reformas estructurales y de cara a una anticipadísima carrera hacia la sucesión de 2006 donde la simulación ha cobrado el peso específico de una divisa de cambio, toda iniciativa oportunista parece ser oxígeno puro para un alicaído sector de las telecomunicaciones. Con todo, no reparan los responsables de este malogrado intento por poner remedio a sus propios yerros, que su producto habrá terminado por exhibir la pobreza de sus argumentos, las contradicciones evidentes de su actuación y su ineptitud para poner a las telecomunicaciones, de una vez por todas, en el lugar que merece en la agenda nacional.

Ya detallaré en mis próximas entregas los tres actos de este melodrama. Verán cómo es que en un mismo país, los poderes de la unión hacen, a la vez, el papel de enamorados, de conjurados y de arrepentidos en un baile en el que las máscaras ocultan sus rostros, pero que en nada ayudan para disimular su pesado físico y su torpe vaivén.

Presidente del Instituto del Derecho de las Telecomunicaciones, A.C.

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