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Enfermedad, detrás de cada flor

PATRICIA ARIDJIS| El Universal
Viernes 17 de octubre de 2008
La alta producción agrícola le ha costado a los floricultores y sus familias padecer tumores y malformaciones

Si cerráramos los ojos y eligiéramos en un mapa de México un sitio al azar, encontraríamos a lo largo y ancho del territorio algún problema de daño ambiental. Villa Guerrero no es la excepción. La floricultura es la principal actividad de los habitantes de ese municipio del estado de México, y ocupa el primer lugar en producción de flor de corte en el país.

Se cultivan diversas especies: rosas, crisantemos, claveles y gladiolas. La floricultura da a la localidad 25 mil empleos directos y 50 mil indirectos. Alrededor de 75 mil personas están involucradas en su producción.

Los plaguicidas usados para “cuidar” las flores han sido prohibidos o severamente restringidos en países desarrollados. Su uso tiene graves repercusiones en la salud.

Los floricultores de Villa Guerrero están en continua exposición a plaguicidas, directa e indirectamente, a través de los residuos en el aire, la contaminación de mantos freáticos y cultivos tratados.

Entre las afectaciones a la salud, están daños al sistema nervioso, abortos espontáneos, malformaciones congénitas en hijos de madres expuestas, cáncer, defectos del tubo neural y otros efectos reproductivos.

Es impresionante la cantidad de personas con malformaciones en esta región. Uno de los casos más dramáticos es el de Petra. Se ha dedicado desde joven a la floricultura, igual que su esposo y toda su familia. Antes de concebir a Sebastián, su único hijo, tuvo dos embarazos que no llegaron a buen término.

Ella, como la mayoría de los habitantes, trabaja por 100 pesos diarios, de las siete de la mañana a las ocho de la noche, en un terreno de San José de los Ranchos, una comunidad del municipio.

Es común ver a familias completas participar en todo el proceso del cultivo, incluyendo la fumigación. A la orilla de la carretera están los envases de los agroquímicos. Todos los botes tienen etiquetas de advertencia que van del “moderadamente tóxico” hasta el “extremadamente tóxico”.

Sin ninguna protección preparan con las manos las sustancias para luego desperdigarlas en la tierra y el aire. También vemos terrenos abandonados, “cansados” como dicen los floricultores, porque ya no son fértiles.

Cuando le pregunto a Petra si conoce a alguien con malformaciones que viva cerca, me lleva con su vecina de enfrente. Israel, uno de los hijos de esta mujer, tiene síndrome de Down.

A unos metros vive José, quien nació con un tumor en la columna. Luego le dio osteomielitis, por lo que perdió una pierna. Para compensar su discapacidad usa una prótesis, aunque ya le lastima y necesita una nueva. Pero le cuesta 20 mil pesos, que no tiene. El doctor le ha dicho que de no cambiarla su columna se dañará al grado que podría dejar de caminar.

Chuchín tiene progeria. Es un niño anciano que juega con sus hermanitas sin advertir que, por su vertiginoso y prematuro envejecimiento, no vivirá más de una década.

Y así podemos encontrar varios casos de malformaciones en esta zona. Si bien es cierto que pueden influir otros factores relacionados con la pobreza, los pesticidas —por su alto grado de toxicidad—, y permanente uso, son los principales culpables de estas historias.

 



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