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El caníbal, su autobiografía entre la violencia y el rencor

ICELA LAGUNAS| El Universal
Miércoles 31 de octubre de 2007
El presunto poeta desempolvó ante la policía su vida, que hoy integra su historial homicida

icela.lagunas@eluniversal.com.mx

“Soy José Zepeda, Nací en 69. Tengo pulmones enfermos, corazón grande, huesos frágiles, nariz profunda. Bebedor de mezcal sin gusano, canoso por herencia, grande de bolsillo y escaso de propiedades... pero rico espiritualmente, sexual desde mi juventud, tardía madurez, admirador de la belleza de la mujer, platónico”.

Esta es la descripción que hace de sí mismo José Luis Calva Zepeda en un texto encontrado en su departamento y que forma parte del expendiente que la Procuradurpía capitalina rotuló: Caso Caníbal.

A los siete años fue violado por Tirso, quien entonces tenía 16 años, estudiaba en una academia militarizada y visitaba su casa porque era amigo de su hermano mayor, Jorge.

“Tirso me violó”, le dijo en repetidas ocasiones a su hermano, pero fue varios años después que lo buscaron para golpearlo. Ese es uno de tantos episodios de violencia que el presunto “caníbal” experimentó en su niñez y relató a las autoridades. También con su madre vivió violencia.

“Un día de Reyes sorprendí a mi hermana y mi madre cuando colocaban los juguetes, ella se molestó y nunca más me compró un juguete. Otro día rompí una figura de porcelana y me fue golpeando por la casa y repitiendo ‘eso no se hace’, luego me dejó en el jardín para que durmiera”.

Los siete días que pasó hospitalizado en Xoco, recuperándose de las heridas que se provocó al intentar huir de la policía, sirvieron para desempolvar viejos recuerdos de sus cinco hermanos, de Elia, su madre; de sus tres hijos y de sus ex novias.

“Yo tenía dos años cuando mi padre murió”. Tras la muerte de Esteban Calva, doña Elia tuvo varias parejas. “Me obligaba a decirles ‘papá”.

A los 12 años fue expulsado de su hogar y de los brazos de la madre, a quien idealizó. “Primero empecé a cuidar autos, luego conseguí una caja para bolear zapatos y poder comprar juguetes. La gente me preguntaba porqué trabajaba tan pequeño”.

Así fue como se hizo callejero hasta que unos vecinos le prestaron un cuarto en la azotea del mismo inmueble, desde donde espiaba a su madre y hermanos Jorge, Guadalupe, Patricia, Claudia y Helen. “Me daba mucho coraje, sentía mucho rencor”.

A los 12 años, sin dinero y sin apoyo familiar se inició en el alcohol y abandonó la secundaria cuando cursaba el primer grado. “Más tarde terminé la secundaria abierta en el Instituto Nuevo León”.

Al abundar sobre su propia personalidad y la forma como se ganaba la vida, dijo: “Trabajé de payaso con un cuñado que es mago”.

Ya de adulto, escribía y actuaba pequeñas obras que lo hacían sentirse dramaturgo. Incluso, declaró haber trabajado con artistas como “Ortiz de Pinedo, Angélica Vale y Mauricio Herrera”.

Según el expediente, Calva escribió 800 poesías y novelas infantiles, 20 obras de teatro y 100 canciones.

Sus amores

En 1996 conoce a Aide, a quien realizó un trabajo de sanación. “Esa me gustó, fue así que le pedí que fuera la madre de mis hijos”. Con ella tuvo dos hijas, que actualmente tienen siete y nueve años, y que desde 2001 no ve, pues viven en Estados Unidos.

“Tenía 33 años, me estaba divorciando, pasé una fuerte depresión, económicamente me iba mal, perdí la pista de mi esposa y de mis dos hijas. Me sentí doblemente traicionado”, relató a los psicólogos y psiquiatras en el hospital Xoco.

Una madre castrante

En esa etapa ocurrió el reencuentro con su madre. “La relación mejoró y volví a la casa materna. También fue por ese tiempo que empecé a tener mis primeros deseos suicidas”.

Habían pasado más de 15 años. A pesar del distanciamiento siempre mantuvo en contacto telefónico con doña Elia, quien sabía de sus altibajos con el alcohol y las drogas.

“No te preocupes mamita, nada más te llamo para decirte que estoy bien y que no te preocupes y para preguntarte si puedes venir a verme”. Esto intentó decirle por teléfono a su madre, mientras estaba en Xoco.

En respuesta, Elia dijo a los policías: “Ese es problema de él y que él lo resuelva, además yo soy inválida y no puedo estar moviéndome”.

Calva tenía una desviación que lo llevó a matar a las mujeres, en las cuales veía representada a su madre. Sin embargo, hacía lo imposible por agradarle, determinaron los peritos.

Elia jugó un papel determinante en su vida de pareja: “Si ella decía que esa mujer no le convenía, él se deshacía de ella matándolas”, sostiene Patricia Payán Vidaño, una de las peritos que lo han examinado.

En 1996 conoció a Lidia Sánchez Valdez, una de las testigos protegidas de la Procuraduría que salvó la vida por la simpatía que le tuvo su suegra.

“Mi mamá la trataba muy bien, decía que era una de sus hijas predilectas”. Pero, la relación terminó.

Hoy Lidia ayuda a las autoridades a desentrañar la personalidad de José Luis. “Era obsesivo en la limpieza, se lavaba las manos y los genitales antes y después de tener relaciones sexuales”, describió.

Ella era profesora de inglés y él, gerente de ventas en el Cetec de Ecatepec. Empezó a cortejarla, a escribirle poemas. Luego se dio cuenta que practicaba la brujería: en el departamento hacía limpias con hierbas, usaba lenguas de res; era celoso y compulsivo. Lidia terminó la relación.

“Reaccionó agresivo, bebía mucho y dijo que se quitaría la vida”.

En un intento desesperado por retenerla se cortó las venas y se aventó desde un balcón de la casa de los padres de ella.

Después de esta ruptura amorosa, se enlaza la historia de La Jarocha, una presunta sexoservidora que al parecer lo visitaba en el departamento de Mosqueta, a principios de este año y cuyo cuerpo apareció descuartizado, en la calle de Lerdo, en Tlatelolco, empaquetada en dos bolsas de plástico, una que contenía el tórax y la cabeza y la segunda con brazos y piernas.

Después inició su romance con Alejandra Galeana Garabito, su última pareja sentimental. “Hace año y medio conocí a Alejandra, ella no me amaba, le pedí que tuviéramos un hijo y se negó. Me sentía un objeto sexual”.

Empezaron los reclamos y las peleas. El 8 de octubre pasado, el cuerpo de Alejandra fue descubierto desmembrado en el departamento 17 de Mosqueta 198, colonia Guerrero.

En la escena del crimen, la policía halló una carta que revela la tendencia suicida de Calva:

“Estoy resuelto a irme, no soporto más el peso de mi desgracia, intenté perderme en el falso camino y sólo conseguí hundirme más, sólo pido que se conserven mis letras ya que es lo único bueno que he hecho en la vida. No puedo escribir más, me voy y perdón por el dolor tan grande que les causo...José Zepeda. Díganle a Alejandra que fue mi última esperanza en el amor”.



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