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Tlatelolco: convivir con el crimen

SARA PANTOJA| El Universal
Domingo 03 de diciembre de 2006
Colonos evitan los andadores incluso de día; temen que delincuentes y adictos los obliguen a abrirles sus hogares para asaltarlos. Sin embargo, muchos vecinos ignoran las medidas de seguridad comunales y la zona sólo tiene 6 policías

Parecían una pareja de enamorados. Él era alto; ella, más bajita. Él la abrazaba, pero ella no mostraba mucho cariño. Pero no era desamor, sino pánico, pues el sujeto la interceptó a la salida de la estación del Metro y la amenazó con un arma para que lo llevara a su departamento, y ahí robarle sus pertenencias y, tal vez, hasta violarla.

Al llegar al edificio Miguel Lerdo de Tejada, dos personas abrieron la reja por dentro; el sujeto se distrajo un segundo y la mujer aprovechó para zafarse, entrar de inmediato y cerrar la puerta. Acabó su infierno.

Pero ésa no fue la misma suerte de Daniela, una jovencita de 15 años de edad, quien su madre la encontró sin vida el 17 de noviembre, al llegar a su departamento. La muchacha presentó signos de violación y 18 puñaladas en todo el cuerpo.

Ese mismo día creció la paranoia en el vecindario y tuvo consecuencias. Cuando Wendy Cacho se enteró de lo que había pasado en el edificio, se salió de su trabajo, a pesar de que su jefe no le dio permiso, y fue a recoger a su hija de 11 años de edad, quien se encontraba sola en el inmueble.

Al día siguiente, cuando regresó a su empleo para seguir atendiendo mesas, su superior le dio la noticia de que estaba despedida: no le creyó lo que tuvo que hacer por el miedo y en busca de proteger a su hija. Ahora, ella trata de demostrárselo con recortes de periódicos que publicaron ese asesinato.

Tierra de nadie

"Ésta es tierra de nadie, oscurece y mejor cuídese porque hasta los polis se quitan la cachucha, y si sale es por su cuenta y riesgo", asegura Gilberto Ayala, poblador de la unidad habitacional Nonoalco-Tlatelolco, en la delegación Cuauhtémoc.

Este conjunto habitacional que se formó en 1964. Ahí, prácticamente cada uno de los pobladores tiene alguna historia que contar sobre la delincuencia, sobre hechos que ha presenciado con sus vecinos o de los que ha vivido en carne propia.

Y hay más: en el primer nivel del edificio José Manuel Arteaga, dos sujetos de entre 30 y 35 años alcanzaron a Martín Moyado antes de que éste cerrara su carnicería: "Oiga, güero, véndanos carne, ¿no?". Era un domingo y la luz del sol aún alumbraba el andador.

El comerciante accedió, y cuando subió la cortina metálica de su negocio, los dos tipos lo empujaron, sacaron sus pistolas, cerraron y lo ataron de pies y manos; le taparon la boca y la nariz con cinta canela y se llevaron el poco dinero que había, además de kilos de carne.

Ése fue uno de los tantos asaltos que este comerciante ha sufrido desde hace siete años en esa unidad. Una vez, hasta los contó: 17 hurtos en 2003.

Entre ambos edificios se encuentra el módulo de vigilancia policiaca IIA. Sus ventanas polvorientas y rotas por una pedrada dejan entrever un pequeño altar de la Virgen de Guadalupe. A esa imagen se encomiendan los seis policías de uno de los cuatro módulos policiacos que operan en las tres secciones de la unidad. No hay más.

El dolor de cabeza

Los mismos uniformados reconocen que son insuficientes para atender a toda la zona, y poco pueden hacer contra la delincuencia que aqueja al vecindario.

Fuentes de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina (SSP-DF) indicaron que de julio a noviembre de este año, 29 personas han sido remitidas ante agencias del Ministerio Público por robo a transeúnte, robo de autos y autopartes, robo a casa-habitación y a negocio con y sin violencia, posesión de droga, y otros, como fraude y homicidio. Todos estos delitos se cometen a cualquier hora del día, según el reporte oficial.

Además, en ese mismo lapso, 16 personas han sido remitidas ante algún juez cívico por faltas administrativas, como inhalar sustancias tóxicas y beber alcohol en la vía pública, orinar en la calle y escandalizar.

Lo cierto es que el miedo a ser presas de la delincuencia ha obligado a los habitantes de la Nonoalco-Tlatelolco a enrejar las ventanas de sus departamentos, y reforzar las puertas de los edificios. Aunque de poco sirven esas medidas, dicen algunos, pues los mismos vecinos suelen dejar las puertas abiertas por no cargar sus propias llaves.

Además, suelen recoger a sus familiares al Metro, y procuran no salir después de que oscurece, porque, dicen, enfrentan muchos más riesgos de ser presas de la delincuencia.

"A plena luz del día, caminamos por los andadores y volteamos a todos lados para que no se acerquen los muchachitos que se drogan, y que no nos arrebaten las cadenitas del cuello o hasta nuestros monederos para ir al mercado, o si alguien va hablando por celular, también se lo quitan", relata Margarita Becerril.

Esta vecina destaca que hacen falta casetas telefónicas para pedir auxilio en caso de emergencias.

También comenta que seguido hay riñas entre los estudiantes de la secundaria técnica 12, a la entrada de la unidad habitacional, y que ni los directivos ni la policía hacen nada. Incluso, comenta, a ese punto llegan vendedores de droga para ofrecerla a los adolescentes.

Y así salen anécdotas de asaltos padecidos por los colonos, aunque suenen raras para un joven que con seis años de vivir ahí, nunca le ha pasado nada; es más, dice que no hay bandas y es la zona más segura donde ha vivido.



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