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Viajan juntos al final del camino

Rafael Montes| El Universal
Miércoles 31 de octubre de 2012
Viajan juntos al final del camino

GASTO. La nueva línea, que corre de Tláhuac hacia Mixcoac, tuvo un presupuesto de 24 mil 500 millones de pesos. (Foto: PERLA MIRANDA EL UNIVERSAL )

El presidente Felipe Calderón fue el invitado especial del jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, en la inauguración de la obra que más ha presumido el mandatario capitalino en la ciudad: la Línea 12 del Metro

rafael.montes@eluniversal.com.mx 

Luego de un sexenio en el que procuraron encontrarse lo menos posible, en el que estrechar sus manos tenía un peso más allá de lo normal, fue la Línea del Bicentenario la que los hizo amontonarse, sonrientes, en el mismo vagón de un tren del Metro, para formalizar el estreno.

El presidente Felipe Calderón fue el invitado especial del jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, en la inauguración de la obra que más ha presumido el mandatario capitalino en la ciudad: la Línea 12 del Metro.

Llegaron juntos a la estación Parque de los Venados, en la delegación Benito Juárez. Puntuales, a las 10:30 de la mañana, Ebrard entró con su esposa, Rosalinda Bueso. Junto a él, Calderón, sólo con su equipo de seguridad que “blindó” las inmediaciones de la estación.

Para Ebrard, hubo aplausos y vítores. La mayoría de sus invitados eran la plana principal de su gabinete. Además, los secretarios federales de Hacienda y de Comunicaciones y Transportes; también el de Gobernación. Algunos diputados y senadores, dos embajadores, empresarios, técnicos alemanes y especialistas franceses.

Carlos Slim y Bernardo Quintana en las primeras filas. Marcelo Ebrard no cabía en su sonrisa. Era el anfitrión de la fiesta y su discurso fue como aventar un montoncito de confeti al aire.

“¡Ya terminamos!”, fue lo primero que soltó en medio de su euforia.

Luego, vino la enumeración de los retos enfrentados, incluido el del dinero para financiar el proyecto. Agradeció a los contribuyentes. Ebrard siempre dijo que la obra se logró gracias a ellos. Y casi al final, dio también gracias a Calderón, “porque nos faltaban dos mil millones de pesos y él ordenó que se incorporaran al presupuesto”.

La danza de los billetes fue la manzana de la discordia.

En su turno, Calderón, siempre serio, refutó las cifras y aseguró que dio más. Que desde el principio su gobierno apoyó la construcción. Que este Metro es también un esfuerzo de la Federación.

Y reconoció a Ebrard por haber concluido ésta, la obra del año, del sexenio. Presumió que el Túnel Emisor Oriente también usa una excavadora similar a La Rielera y que también es una obra imponente, lo mismo que la Planta de Aguas Residuales de Atotonilco. Era la presentación de las cartas con las que ambos políticos juegan sobre la mesa.

Alguien, algunos, gritaron protestas desde afuera. El eco de los reclamos se filtró a la estación. Traspasó el blindaje del Estado Mayor Presidencial.

Los movilizó. Eran inconformidades por la situación en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), en contra del gobierno del DF. Y alguno de los #YoSoy132. No pasó a más.

Luego, vino el momento del viaje en el convoy de ambos mandatarios. Sin develación de placa, Ebrard le “invitó” el pasaje a Calderón, quien a pesar de traer la tarjeta de prepago, su titubeo frente al torniquete fue aprovechado por el jefe de Gobierno para usar él su propia tarjeta y darle el paso al Presidente. Quedó bien con su invitado. Nunca se había visto a Calderón en un vagón del Metro y menos en un tren que con el nombre del líder moral del PRD: Cuauhtémoc Cárdenas.

Viajaron juntos, con sus comitivas y sus invitados especiales, sólo dos estaciones. El Ejecutivo se quedó en Ermita. Ebrard salió a despedirlo. Luego, volvió a disfrutar de su “juguete nuevo”.

En la estación Calle 11, en Iztapalapa, enmedio de un tumulto y un acoso de funcionarios, reporteros y ciudadanos, sin Calderón, sin sus escoltas y sin sus protocolos, pero sí con Slim y con Quintana, con los embajadores de EU y Francia en México, y con el ingeniero Cárdenas como testigo de honor, fue el momento de cortar el listón. Eran las 12 del día. La hora prometida. Las puertas de una nueva era en la transportación se abrieron al pueblo del DF, aquél que, siempre repitió Ebrard, es el verdadero dueño de la Línea Dorada.

Al final del sexenio, Ebrard y Calderón tomaron el mismo camino y viajaron juntos... en la Línea 12.



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