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Carnaval de alebrijes contagia alegría y baile en Reforma

Rafael Montes| El Universal
Domingo 23 de octubre de 2011

Más de 200 alebrijes de tamaños monumentales recorrieron calles del Centro Histórico y Reforma de la capital mexicana con rumbo al Ángel de la Independencia Marco Antonio Olvera /EL UNIVERSAL

Es la quinta edición del desfile que es organizado por el Museo de Arte Popular Jorge Serratos /EL UNIVERSAL

Las alucinantes creaturas son obra de artesanos mexicanos que han sido preparadas con mucho tiempo de anticipación Marco Antonio Olvera /EL UNIVERSAL

Algunas llegan a superar los dos metros y medio de altura y los 10 metros de alto Jorge Serratos /EL UNIVERSAL

Cientos de familias capitalinas se dieron cita para presenciar el desfile multicultural, que se realizó por quinto año consecutivo Marco Antonio Olvera /EL UNIVERSAL

Minutos después de las 12 horas, figuras intrincadas y multicolores avanzaron desde el Zócalo de la ciudad de México para recorrer 5 de mayo, Juárez y Paseo de la Reforma Jorge Serratos /EL UNIVERSAL

"Ecoflón", "Alebrijes de mi corazón", "No más sangre" y "Cazador de sueños" son los nombres de algunos de los protagonistas de esta marcha onírica Marco Antonio Olvera /EL UNIVERSAL

A ritmo de batucada, decenas de alucinantes figuras desfilaron por Reforma rumbo al Ángel de la Independencia Jorge Serratos /EL UNIVERSAL

Al término del recorrido, los alebrijes serán exhibidos en las aceras, en el tramo, del Ángel de la Independencia a la Diana Cazadora, del 22 de octubre al 6 de noviembre Marco Antonio Olvera /EL UNIVERSAL

Carnaval de alebrijes contagia alegra y baile en Reforma

ILUSIÓN. A su paso por el Centro Histórico, los gigantes de papel fueron la delicia de chicos y grandes. (Foto: JORGE SERRATOS EL UNIVERSAL )

Reforma era una fiesta. El quinto desfile de alebrijes monumentales que organiza el Museo de Arte Popular no pudo tener mejor escenario que una ciudad

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Fue como si la caja de Pandora se hubiera abierto. Pero en vez de que las desgracias se desbordaran, brotaron los monstruos alegres, llenaron de color y de gente las calles del centro de la ciudad y pusieron a bailar a todo el que los vio pasar desde el Zócalo hacia el Ángel de la Independencia.

Reforma era una fiesta. El quinto desfile de alebrijes monumentales que organiza el Museo de Arte Popular no pudo tener mejor escenario que una ciudad de brazos abiertos, de sol sonriente y de peatones dispuestos a contonearse sin pena con los rítmicos tambores que adornaron el paso de los fantásticos seres de cartoncillo, varilla y acuarela.

“¿Quién dice que está mal ir por la vida enseñando la lengua?”, rezaba una leyenda en el dorso de un monigote de lengua salida. Era del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas.

Más de 200 alebrijes le dieron alegría al caluroso Sábado Distrito Federal. El desfile artístico, artesanal y musical, lleno de saltimbanquis, sombreros, máscaras, antifaces, pelucas y confeti, contravino la costumbre política de marchar del Ángel al Zócalo. Ahora fue al revés. Se trató de romper esquemas, de construir personajes maravillosos, de darle un giro a lo cotidiano, de vivir el DF de otro modo. El público lo disfrutó a lo largo de 5 de Mayo, Juárez y Reforma.

La vanguardia la encabezó una elegante y emotiva banda musical de la Secretaría de Marina. Unos 60 militares vestiditos como muñecos, con traje de gala negrísimo, gorros blancos y zapatos bien lustrados, abrieron el paso con el retumbar de tubas, trompetas, clarinetes, flautas y tambores. No se les vio sonreír, muy propios, pero su música reflejaba la vitalidad de sus almas.

La ciudad estaba de fiesta. Por el único motivo de salir a caminar, de exponer artesanías, de festejar que después de varios meses de trabajo, los participantes, estudiantes, diseñadores profesionales, carpinteros y albañiles, concluyeron su labor no sólo para competir por el primer premio, sino para repartir sonrisas a la gente.

Así lo explicó Josué José Ramírez, un artesano popular de la delegación Iztapalapa. Junto con su familia y amigos, construyó un muñeco de nombre “¿Me queda bien?” Es un personaje rechoncho, de colores vivos y la música por dentro, que mueve su cabeza con el ligero jaloneo de un par de cuerdas. “Es que se está probando una máscara y por eso pregunta si le queda bien”, explica el joven de 29 años, quien destinó 9 mil pesos, ahorrados todo el año, a su creación.

“Claro que venimos a competir, pero lo más valioso es ver las sonrisas de la gente; lo mejor es que pasamos un momento de alegría al ir empujando o corriendo”, dice al término del desfile, que paralizó vialidades aledañas al Paseo de la Reforma, que detuvo al Metrobús y que ocasionó que todo el que se encontraba con los alebrijes monumentales hiciera lo mismo: se detuviera, observara, sacara la cámara fotográfica o el teléfono celular e intentara captar lo que sus ojos veían, lo que sus oídos escuchaban.

Pero es casi imposible atrapar la esencia de algo que va más allá de lo sensorial. Rebasa toda capacidad de captura. No sólo son los monstruos sonrientes, de lenguas largas o garras amenazantes, vestidos de imaginación, sino lo que los rodea. Alrededor de ellos, como mariposas revoloteando en su entorno, iban niños curiosos, arlequines en zancos, malabaristas, globos, tambores, disfraces, payasos, alas, gorros, música de tambora, de mariachi o de bongós, monociclos, bicicletas, sombrillas, silbatos, tacos de canasta, chicharrones, refrescos fríos, hot dogs y un torrente de personas que no se puede uno explicar de dónde salieron, pero allí estaban, bailando, cantando.

Porque en el desfile de lo absurdo y lo amorfo, lo extraño era no contagiarse de la fiesta. Allí, en Reforma, entre el Ángel y la Diana, permanecerán hasta noviembre esos mágicos personajes, sólo con una restricción: “No me toques porque muerdo”.



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